¿Qué esconden las palabras?
Pueden esconder las más hermosas imágenes, los más elevados
sentimientos, las ideas más lúcidas.
Alguien puede expresar belleza de esta manera:
“El alma que hablar puede con los ojos,
también puede besar con la mirada”
Gustavo Adolfo Bécquer.
Las palabras pueden ser escondites oscuros cuando se retuercen hasta el
infinito. Pueden hacer visibles todo tipo de pecados, hasta los siete
capitales, y encumbrarlos a los altares.
Puede haber palabras que combinadas consigan no expresar absolutamente nada
o que digan algo distinto de la que se oye o lee. Puedes comenzar una frase
diciendo que quieres que algo quede absolutamente claro y sólo derramar
sombras.
¿Y si mezclásemos palabras y la política mal entendida que practicamos hoy?
Disculpad por la aberración de colocar a Bécquer aquí, pero creo que la poesía
es perfecta en cualquier situación.
Puedes hablar de respeto y no respetar, hablar de consenso y no consensuar,
hablar de diálogo y no dialogar, hablar de acuerdo sin nada que acordar. Y este
es el efecto de la palabra en la política. Repetir hasta la saciedad para
lograr que empape en alguien mientras resbala en la piel propia de aquel que
las pronuncia desde su elevado púlpito. Que cuando busca metáforas sólo alcanza
engaños con piel de cordero. Que se nutre del oxímoron y de la hipérbole y
que se convierte en la antítesis de lo que alguna vez, y muy
fugazmente, creímos posible.
Y fuimos ingenuos al creer en el valor de nuestra voz expresada en papel,
viciada y corrupta por aquellos encantadores de serpientes que, incapaces de
acordar nada, pervierten todo hasta conseguir sus fines personales y los
objetivos de sus secuaces. Esta es la política de hoy. Ensuciada por los que,
asentados en el trono, se creen intocables, por encima del bien y del mal, y
esperan que por una casualidad del destino, nos demos cuenta que más vale malo
conocido. Esos que siempre han estado ahí pero ya lo están un poco menos. Y les
pesa. Y aquellos, que cegados por el impulso no han medido bien sus fuerzas y
puede que no aterricen donde esperaban. Se acabó el “hoy por ti mañana por
mí”, porque irrumpió, en este patio de colegio, el “por mí y por todos
mis compañeros” pero más por mí, siempre más por mí.
Y nos volvimos a olvidar de una cosa. El que tome asiento en ese sillón tan
deseado del Parlamento no gobierna para sus socios, ni para sus votantes, ni
para sus secuaces. Gobierna para todo un país, que es diverso, que es difícil y
que espera que no lo tomen por idiota (aunque bien sabemos que vivimos en un
gran País de los Idiotas). Sin mucho margen de maniobra y atados por los hilos
de los que quieren asegurar su deuda injusta y salvaje, esperamos que las
cosas se hagan de modo diferente. Que los unos abandonen los altares y
empaticen con los problemas de las personas (que no de los números en las
estadísticas), y los otros no los quieran asaltar a cualquier precio.
Todos tienen sus líneas rojas. Yo tengo las mías. Línea roja para aquellos
que pongan las líneas rojas a hacer política de verdad de la buena. Línea roja
a esconder cartas marcadas, a decir sin decir, a dejarnos claro que nada
quieren dejarnos claro.
¿Cuándo creímos en el valor de las palabras y las palabras perdieron su valor?
Dijo alguna vez Dwight D. Eisenhower: “Cualquier hombre que quiera
ser presidente o es un ególatra o un loco”.
Y parece ser que de ambas cosas estamos bien servidos.
Y todo esto no son más que palabras, palabras, palabras….

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