¿Cuándo se hizo requisito
imprescindible para un político ser idiota?
Los que habéis seguido mis
entradas, ya sabéis que no utilizo la palabra “idiota” como un insulto y a los
que acaban de llegar, sabed que en nuestro País de los Idiotas no nos faltan ejemplos
de idiotez.
Es realmente frustrante ver cómo ser político de profesión implica
ser, cuanto más idiota, mejor. ¿Qué ganas con ello? ¿Hacer un buen trabajo para
el/la ciudadano/a? NO. Te deja lo más importante: tu agenda de contactos, los
favores que cobrar y las puertas que te dejas abiertas después incluso de salir
por la puerta de atrás. Igual me da si mi imagen y mi reputación son
lamentables. He trabajado duramente haciendo trabajos muy sucios para
garantizarme mis réditos. Ten por seguro que las deudas se cobran.
La amnesia
es una enfermedad muy frecuente entre nuestros políticos, que prácticamente no
se acuerdan de nada todo lo ilegal/alegal/amoral que han hecho, pero no se
olvidan de esa llamada, de ese favor que se debe, de eso que le prometieron. Y
siempre llega la hora de cobro.
Pero que políticos más
desconsiderados, que no tienen en cuenta lo inoportunos que son algunos
momentos. Los tiempos hay que medirlos y no poner la zancadilla a otros
idiotas, digo políticos, que tan duro trabajan por garantizarse ese favor. O
eso han debido pensar con la salida por la puerta trasera de Martínez Pujalte, “orgullo”
del murciano por sus diferentes actos. Mejor te vas sin hacer mucho ruido, ya
te lo pagaremos.
Señores políticos. Se acercan las
elecciones. Disimulen por lo menos en estos días en los que estamos un poquito
más pendientes de ustedes.
Es evidente que no todos somos
iguales. No todos tenemos las mismas obligaciones y por supuesto, no todos
tenemos los mismos derechos. Sin embargo, es insultante, hasta extremos que no
se explican, cómo se esfuerzan por hacer que cosas que no tienen ningún
sentido, parezcan correctas, o mejor, que nos hagan plantearnos cómo podemos
ser tan malos por cuestionárnoslas. Maldita plebe chusmosa.
Todos tenemos amigos a los que
acudir para que nos echen una mano. Qué mala suerte que mi amigo no sea ministro
o presidente o incluso concejal o alcalde.
Pero si un ex-vicepresidente
segundo del gobierno y ex-ministro de
Economía se reúne con su amigo el Ministro de Interior en el Ministerio, ¿por
qué se extrañan si nos preguntamos la naturaleza de esta reunión? En ese jardín
personal en el que han convertido las instituciones públicas, ahora se pagan
los favores personales.
Porque no somos iguales y los políticos están por
encima del bien y del mal. Políticos que ya sabemos que son idiotas. No es una
sospecha. Políticos que buscan su beneficio privado y se han desvinculado de la
Administración Pública a la que en principio se debían. Bien mirado, dan
trabajo a todos aquellos que trabajan fabricando reputaciones que no existen y
que no les importa no tener, siempre que su bolsillo esté lleno de dinero,
favores que cobrar y destinos mejores en los que retirarnos. Porque, a ver de
qué sirve hacer la Ley de Educación más discutida de la historia de la democracia
española y ser el ministro peor valorado, si luego me van a recompensar con un
puesto en la Ciudad de la Luz, en la OCDE por amor. Qué más da si soy o no la
persona idónea para el puesto. Favor que te pago: “estamos en paz”.
Pero ¿quién se ocupa de nosotros? Habrá que hacer algún favor a alguien. Elijan su candidato/a.

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