Y seguimos sin creer que la cosa va con nosotros.
Hace unos días veía la imagen de una osa polar famélica, que se me quedó
marcada en la retina. La tierra se calienta y el mar va comiendo terreno. Las
especies estamos sufriendo los efectos de este cambio. Para algunos,
imperceptible o un invento de unos cuantos perroflautas; para otros, un grave
problema que debe afrontarse. Lo de piensa globalmente, actúa localmente, habla
de una sociedad concienciada y fuerte. Sin embargo, si la sociedad es ignorada
sistemáticamente por aquellos que supuestamente los representan, los
compromisos importantes debatidos en cumbres millonarias, nunca llegan a
adoptarse y mucho menos cumplirse. Qué desperdicio de tiempo y dinero.
La realidad es complicada, los recursos limitados y las exigencias
económicas e intereses particulares son cada vez mayores. Y mientras devoramos
el planeta. Ya hemos consumido los recursos que es capaz de producir en un año,
por lo que estamos a deber con la Tierra. Cada año consumimos antes estos
recursos. Es una cuestión de pura lógica económica. Si consumo más de lo que
produzco, estoy liquidando las reservas, así que no hace falta explicar qué va
a ocurrir si seguimos mirando hacia otro lado, sin atender a más razón que el
bienestar presente.
Hace unos días salía una encuesta de empresas dispuestas a adquirir
compromisos medioambientales. Queda muy bien en las memorias de Responsabilidad
Social, pero los compromisos deben ser reales y vertebrar el día a día
empresarial. Ni siquiera es una cuestión altruista, sino puramente egoísta, ya
que una empresa necesita recursos con los que trabajar para ser es sostenible
en el tiempo y rentable a corto y largo plazo, o lo que es peor, que tenga
alguna razón de ser. Sin materias primas ni recursos, ¿qué se puede producir? Son
cuestiones poco relacionadas con la solidaridad, pero es una razón igual de
buena que otras para concienciar a las empresas, que no respetan el
Medioambiente, de que el crecimiento económico no justifica cualquier medio
para conseguirlo. Y si la voluntad propia no actúa, debería actuar la ley, pero
para todos los gobiernos pesa más el PIB que cualquier otra estadística, y no
digamos que la huella ecológica.
Desaparecen especies y no nos alarmamos, los alimentas y el agua escasean
en algunas partes del mundo y no nos alarmamos, los polos se consumen y más de
lo mismo. Nuestro ombliguismo nos hace olvidar que no somos más que otra
especie con capacidad infinita de destrucción que, por lo visto, ha decidido
condenarse al propio suicidio y mirar para otro lado mientras lo consigue. No
tenemos más planetas a nuestro alcance por ahora, y aunque fuera así, lo
destrozaríamos igual. No hay ensayo error ni plan B con la Tierra.
El verde del dinero brilla más que el de los árboles. Pero ¿qué vamos a
dejar a nuestras generaciones futuras? Nuestro egoísmo nos impide ver más allá
del bienestar actual, pero las decisiones de hoy repercutirán mañana. Todo este
destrozo que a corto plazo parece beneficioso, se traducirá en gastos que
podrían haberse evitado sólo apelando al sentido común, el ausente de todos los
sentidos.
Si seguimos este camino marcado de ausencia real de compromiso, tendremos
que acabar asumiendo que la humana también será una especie en peligro extinción,
y será así por nuestra pasión de mirarnos el ombligo.

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