domingo, 6 de septiembre de 2015

¿Qué habrá en nuestro ombligo?



Y seguimos sin creer que la cosa va con nosotros.

Hace unos días veía la imagen de una osa polar famélica, que se me quedó marcada en la retina. La tierra se calienta y el mar va comiendo terreno. Las especies estamos sufriendo los efectos de este cambio. Para algunos, imperceptible o un invento de unos cuantos perroflautas; para otros, un grave problema que debe afrontarse. Lo de piensa globalmente, actúa localmente, habla de una sociedad concienciada y fuerte. Sin embargo, si la sociedad es ignorada sistemáticamente por aquellos que supuestamente los representan, los compromisos importantes debatidos en cumbres millonarias, nunca llegan a adoptarse y mucho menos cumplirse. Qué desperdicio de tiempo y dinero.

La realidad es complicada, los recursos limitados y las exigencias económicas e intereses particulares son cada vez mayores. Y mientras devoramos el planeta. Ya hemos consumido los recursos que es capaz de producir en un año, por lo que estamos a deber con la Tierra. Cada año consumimos antes estos recursos. Es una cuestión de pura lógica económica. Si consumo más de lo que produzco, estoy liquidando las reservas, así que no hace falta explicar qué va a ocurrir si seguimos mirando hacia otro lado, sin atender a más razón que el bienestar presente.

Hace unos días salía una encuesta de empresas dispuestas a adquirir compromisos medioambientales. Queda muy bien en las memorias de Responsabilidad Social, pero los compromisos deben ser reales y vertebrar el día a día empresarial. Ni siquiera es una cuestión altruista, sino puramente egoísta, ya que una empresa necesita recursos con los que trabajar para ser es sostenible en el tiempo y rentable a corto y largo plazo, o lo que es peor, que tenga alguna razón de ser. Sin materias primas ni recursos, ¿qué se puede producir? Son cuestiones poco relacionadas con la solidaridad, pero es una razón igual de buena que otras para concienciar a las empresas, que no respetan el Medioambiente, de que el crecimiento económico no justifica cualquier medio para conseguirlo. Y si la voluntad propia no actúa, debería actuar la ley, pero para todos los gobiernos pesa más el PIB que cualquier otra estadística, y no digamos que la huella ecológica.

Desaparecen especies y no nos alarmamos, los alimentas y el agua escasean en algunas partes del mundo y no nos alarmamos, los polos se consumen y más de lo mismo. Nuestro ombliguismo nos hace olvidar que no somos más que otra especie con capacidad infinita de destrucción que, por lo visto, ha decidido condenarse al propio suicidio y mirar para otro lado mientras lo consigue. No tenemos más planetas a nuestro alcance por ahora, y aunque fuera así, lo destrozaríamos igual. No hay ensayo error ni plan B con la Tierra.

El verde del dinero brilla más que el de los árboles. Pero ¿qué vamos a dejar a nuestras generaciones futuras? Nuestro egoísmo nos impide ver más allá del bienestar actual, pero las decisiones de hoy repercutirán mañana. Todo este destrozo que a corto plazo parece beneficioso, se traducirá en gastos que podrían haberse evitado sólo apelando al sentido común, el ausente de todos los sentidos.


Si seguimos este camino marcado de ausencia real de compromiso, tendremos que acabar asumiendo que la humana también será una especie en peligro extinción, y será así por nuestra pasión de mirarnos el ombligo.

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