viernes, 24 de junio de 2016

El cuento de nunca acabar

Hace algunas semanas que decidí que durante este periodo de nueva reflexión al que nos han castigado los partidos por su absoluta incompetencia e incapacidad de hacer su trabajo (llegar a acuerdos y tomar decisiones), decidí que no iba  a molestarme en escribir nada sobre las nuevas elecciones, porque no sobrellevo bien este juego de egos mal llevado.


Desde diciembre del año pasado no nos ha quedado duda (si es que cabía) de la categoría profesional, de nuestra clase política. La decepción ha ido en aumento exponencial. Decepción de aquellos que se envolvían en la bandera de la seriedad y altura de miras, de los que repelían las viejas formas y ofreciéndonos algo nuevo y fresco,  y de aquellos de los que, sinceramente, no espero absolutamente nada porque ya hemos visto hasta dónde son capaces de llegar.
Todos los discursos se han vuelto simplistas. Si los problemas de este país se han ido complicando, hemos asistido a un festival de arengas infantiles y discursos manidos y exaltados buscando cazar el voto dubitativo y haciéndonos avanzar por el camino de la polarización a base de peroratas chirriantes. Y a nadie se le ha ocurrido dejar de tratarnos como a niños. Hemos asistido al recuerdo de presidentes socialistas aclamados como los mejores de la democracia, para captar voto socialista  por parte de socialdemócratas que fueron comunistas  que han madurado. Hemos asistido a la defensa y respeto del comunismo por parte de socialistas para recoger el voto de los que se saben un poco huérfanos. Al parecer, ser socialista y comunista es la misma cosa y yo perdí el matiz por el camino. Lo que digo, la caza del voto de izquierda.
 Y explota en los últimos días otro capítulo de la ya muy extensa saga de historias turbias, que nos da un fiel reflejo de las formas mafiosas del partido que nos gobierna y que tiene asumidas como cuestiones normales del trabajo que les ocupa. Gajes del oficio. Este cortijo lo siente como suyo y actúan en consecuencia. Y nos lo dicen: “Estamos nosotros y están los malos, que son los demás”. Si los buenos mienten, roban, pitufean, extorsionan, etc, utilizando lo público (que es de todos) en beneficio de sus egos e intereses, ¿cómo serán los malos? No lo puedo imaginar.
Aburrida me tienen del simplismo de: los de arriba, los de abajo, los de derecha, los de izquierda, los malos y los buenos. Falta Coco de Barrio Sésamo y ya estaríamos todos.
Y sigo escuchando la estupidez de que los que optan al gobierno y no son los buenos, son unos populistas que pretenden hundir el país o convertirlo en Venezuela. Grita mentiras a los cuatro vientos que algo siempre queda y alguien, en una conversación exaltada, gritará eso mismo que has sembrado: odios y recelos.  Hace poco acudía a Machado para refrescar lo de las “dos Españas”, tan característico nuestro, como una idiosincrasia más del español, tan actual hoy como antaño.
Me gusta pensar, que pasado tanto tiempo, somos capaces de no perder el respeto y actuar con ese tan traído y llevado sentido democrático, pero miro las noticias y lo veo como una quimera hermosa y lejana. Es fácil, y para algunos es conveniente, olvidar la historia y de dónde venimos. Sin memoria no hay futuro.
Esta entrada es una crítica a los que como me pasa a mí  se agarra a una postura hasta olvidar mis razones y aparcar hasta la propia razón. Convertir el grito insensato en la postura más frecuente, arrastrada por esta inercia de la política sin verdades, sin razones, sin acuerdos y sinsentidos.

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