Carrascoy desde la Cresta del Gallo
Esta semana miraba al cielo y lo
veía lleno de estrellas. La luna en cuarto creciente se burlaba de mí, como el
gato de Alicia en el País de las Maravillas. Escuchaba cantar al grillo.
¿Un grillo
cantando? ¿Aún estamos en invierno? Se veían las estrellas, disfrutábamos de
dieciséis grados y de un grillo cantando. Me maravilla la floración de los
árboles y me preocupan las nubes que veo desde mi ventana y el frío que empiezo
a sentir en mi nuca. Justo en ese momento me doy cuenta de que la primavera se
saltó el invierno que se asoma sólo por días para helarlo todo y volvernos a
dejar con una noche a dieciséis grados. Y detrás de estas noches de invierno,
la preocupación por un tiempo que se vuelve loco y que nos está pasando
factura.
Y, ¿es posible que sigamos
escondiéndonos detrás de la indiferencia? Puede que sigamos creyendo que esto,
como otras cosas tantas cosas, no va con nosotros.
Hace algunas horas escuchaba
maravillada a alguien que sabe mucho más que yo, explicando que este planeta
que tenemos no es una herencia de nuestros padres sino que es un préstamo de
nuestros hijos. Si es así, ¿por qué no guardamos la debida diligencia y
devolvemos en buenas condiciones algo que no es nuestro? Porque nos ha vencido
el egoísmo y el cortoplacismo. Satisfacer mi necesidad y el que venga detrás
que corra.
Siempre hemos deseado lo mejor
para nuestros hijos, pero en este momento no estamos en disposición de
garantizar que los que venimos detrás, los que vienen detrás de mí, vayan a
poder tener una vida mejor que la que tuvieron las generaciones anteriores.
Estamos hipotecando nuestro futuro que será el presente de mucha gente. Y ese
será nuestro legado. Abonaremos un suelo que será un estercolero y el cielo
seguirá ocultando sus maravillas detrás de esa boina negra de polución que
saturará nuestros pulmones. Y conviviremos con la basura mientras los recursos
naturales, que hoy malgastamos, serán oro.
Igual que es un error juzgar el
pasado con los ojos del presente, quizá sea igual de erróneo prever el apocalipsis futuro. Así que sólo me
queda valorar mi presente y eso hago ahora. Esta tarde tomaba el sol en la
puerta de mi trabajo. Calentaba bastante para la época del año en la que nos
encontramos y me preguntaba si es posible que sigamos ignorando esto que está
ocurriendo aquí y ahora.
En el colegio, mi profesor de historia
me enseñó que todo en el momento presente era el resultado de unos hechos
pasados que lo causaron y que debíamos ser conscientes de que este momento
sería la causa de lo que nos deparará el futuro.
Hay mucha gente que, con cifras
en la mano y muy documentados, me ponen los pelos de punta cuando exponen sus
conclusiones. Y no, no son extravagancias de unos pocos. Ya es un clamor al que
se han unido científicos, políticos, economistas, asociaciones, muchas empresas
y mucha gente como tú y como yo, que quiere que su legado sea el mejor posible
o, por lo menos, no pelear con la conciencia y no tener que enfrentar todo eso
que nos dicen que es inminente y que por ahora, no nos engañemos, no nos quita demasiado
el sueño.
El modelo energético y el modelo
de consumo han llegado a su techo, y con él, la mayoría de las políticas
económicas, medioambientales y sociales que hoy condenan al planeta a un
incierto futuro sin rumbo pero con el timón dirigiendo la embarcación al abismo,
y lo gracioso, es que todos vamos a bordo. Como en el Titanic, la música sigue
sonando, pero es posible que ya hayamos chocado contra el iceberg (que cada vez
hay menos).
¿No crees que ya es hora de dejar
de creer que no va contigo?

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