Deberían prohibir por decreto,
ahora que está tan de moda, las discusiones sobre política en la mesa con tu
familia. El resultado suele ser agotador.
Últimamente me sorprende que en nuestras
batallas los discursos hayan dejado de estar tan alejados. No sé si alguno de nosotros
ha cedido o si nos hemos radicalizado. Las dos posibilidades me perturban
porque o hemos desistido y nos dejamos arrastrar o hemos entrado en un estado
de crispación absoluta. Y es que los discursos que nos llegan parecen cada vez
más complejos. Y digo bien, parecen más complejos, porque si rascas en la
superficie aflora una realidad evidente. Nada hay nuevo bajo el sol.
Hasta ahora y en nuestra
necesidad de clasificar y ordenar todo para comprender, teníamos dos conceptos,
pero ¿quién sabe de qué hablamos cuando hoy hacemos referencia a la derecha o
izquierda en este país? (más cuando aparecen términos como “tercera vía”, “arriba
y abajo” entre otros). Ya casi nadie parece tenerlo claro y no me sorprende.
He asumido durante casi toda mi
vida política, que no es muy larga (entendiendo esto como mi vida consciente,
crítica y participativa) que si eres de derechas eres del PP y si eres de
izquierdas eres o bien del PSOE o de IU (mayoritariamente). El sentimiento
humano de sentirse parte de un grupo nos ha llevado a identificarnos con siglas
y colores como el que es de un equipo de fútbol. Pero cuando no podemos
comulgar con ninguno de estos partidos surge una especie de sentimiento de
orfandad política.
Podemos entender, a grandes
rasgos y sin entrar en las muchas manifestaciones históricas y el grado de
radicalidad de las ideas, que a la derecha se asocian postulados neoliberales y
la defensa de los privilegios jerárquicos mientras la izquierda busca la
igualdad social y la consecución de los derechos sociales colectivos.
En los últimos tiempos, el
panorama político ha ido creciendo y se han sumado grupos en todas las direcciones
así que ahora todos vociferan consignas, usan y abusan de los valores que se
auto atribuyen y de los que dicen que carecen sus rivales políticos. La gama de
colores es cada vez mayor: rojo, azul, morado, naranja, verde, rosa, etc.
Pero lo que nos define son nuestros
actos, porque las palabras se las lleva el viento (grandes mítines palmeros) y
el papel lo aguanta todo (programas políticos que sujetan patas de mesa). Hemos sido
sufridos testigos del festival de mentiras, arrogancias, privilegios encubiertos
bajo la palabra libertad, búsquedas de protagonismo, reconocimiento y enriquecimiento
personal, las escenas más descarnadas del capitalismo y en algunos casos no
sabíamos si el golpe venía por la derecha o por la izquierda.
Por eso, algunos de nosotros nos
hemos sentido huérfanos de partido y sin sentido de pertenencia a un grupo,
pero no hemos dejado los ideales aparcados, porque lo que fracasa son las
personas que se llenan con ellos la boca, eliminándoles todo atisbo de valor y
usándolos como arma en una campaña de
marketing voraz lanzada a la conquista del mercado del voto. Los ideales no son
patrimonio ni de personas ni de colores.
Voy a seguir creyendo muchas cosas y entre ellas, que de
verdad hay un camino.

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