jueves, 9 de abril de 2015

NADA NUEVO BAJO EL SOL



Deberían prohibir por decreto, ahora que está tan de moda, las discusiones sobre política en la mesa con tu familia. El resultado suele ser agotador.

Últimamente me sorprende que en nuestras batallas los discursos hayan dejado de estar tan alejados. No sé si alguno de nosotros ha cedido o si nos hemos radicalizado. Las dos posibilidades me perturban porque o hemos desistido y nos dejamos arrastrar o hemos entrado en un estado de crispación absoluta. Y es que los discursos que nos llegan parecen cada vez más complejos. Y digo bien, parecen más complejos, porque si rascas en la superficie aflora una realidad evidente. Nada hay nuevo bajo el sol.


Hasta ahora y en nuestra necesidad de clasificar y ordenar todo para comprender, teníamos dos conceptos, pero ¿quién sabe de qué hablamos cuando hoy hacemos referencia a la derecha o izquierda en este país? (más cuando aparecen términos como “tercera vía”, “arriba y abajo” entre otros). Ya casi nadie parece tenerlo claro y no me sorprende.

He asumido durante casi toda mi vida política, que no es muy larga (entendiendo esto como mi vida consciente, crítica y participativa) que si eres de derechas eres del PP y si eres de izquierdas eres o bien del PSOE o de IU (mayoritariamente). El sentimiento humano de sentirse parte de un grupo nos ha llevado a identificarnos con siglas y colores como el que es de un equipo de fútbol. Pero cuando no podemos comulgar con ninguno de estos partidos surge una especie de sentimiento de orfandad política.

Podemos entender, a grandes rasgos y sin entrar en las muchas manifestaciones históricas y el grado de radicalidad de las ideas, que a la derecha se asocian postulados neoliberales y la defensa de los privilegios jerárquicos mientras la izquierda busca la igualdad social y la consecución de los derechos sociales colectivos.

En los últimos tiempos, el panorama político ha ido creciendo y se han sumado grupos en todas las direcciones así que ahora todos vociferan consignas, usan y abusan de los valores que se auto atribuyen y de los que dicen que carecen sus rivales políticos. La gama de colores es cada vez mayor: rojo, azul, morado, naranja, verde, rosa, etc.

Pero lo que nos define son nuestros actos, porque las palabras se las lleva el viento (grandes mítines palmeros) y el papel lo aguanta todo (programas políticos que sujetan patas de mesa). Hemos sido sufridos testigos del festival de mentiras, arrogancias, privilegios encubiertos bajo la palabra libertad, búsquedas de protagonismo, reconocimiento y enriquecimiento personal, las escenas más descarnadas del capitalismo y en algunos casos no sabíamos si el golpe venía por la derecha o por la izquierda.

Por eso, algunos de nosotros nos hemos sentido huérfanos de partido y sin sentido de pertenencia a un grupo, pero no hemos dejado los ideales aparcados, porque lo que fracasa son las personas que se llenan con ellos la boca, eliminándoles todo atisbo de valor y usándolos como arma en  una campaña de marketing voraz lanzada a la conquista del mercado del voto. Los ideales no son patrimonio ni de personas ni de colores.

Yo voy a seguir creyendo en la dignidad, la igualdad de derechos, libertades y oportunidades y rechazando los privilegios absurdos de algunos grupos que se consideran a sí mismos los elegidos. Voy a seguir creyendo en una educación, sanidad y justicia de calidad que no se determine por el nivel económico de cada uno. Voy a seguir creyendo en ayudar a los que sufren las consecuencias de este sistema cruel. Voy a seguir creyendo en un trabajo digno, en la conservación del medio ambiente, en un modelo de economía que no nos haga devorarnos unos a otros.

Voy a seguir creyendo muchas cosas y entre ellas, que de verdad hay un camino.


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