martes, 17 de enero de 2017

María Moliner. Entre ceja y ceja (II)





Hacen falta personas valientes y lúcidas. Y así comienza nuestra historia.


Hace algún tiempo, cuando los reyes no reinaban y se hacían las cosas de manera diferente, había mujeres que se empeñaron en participar de la vida y en alcanzar sus sueños. Resultaba bonito tener aspiraciones pero había que esforzarse demasiado. Nunca fue fácil ser mujer, ni siquiera en los cuentos.

Nuestra valiente María estudió historia en la Universidad de Zaragoza. Sabía ella que siempre que quieres conocer quién eres, se debe saber de dónde vienes y cuál es tu historia. Así la raíz de todo es más fuerte, incluidas las raíces de uno mismo como persona. Cuántos misterios escondían los libros y archivos, que explicaban cada uno de los acontecimientos de la historia que desembocaban en la actualidad.

María acabó trabajando para el Estado, no había muchas opciones en el trabajo estatal para ella, para sus méritos o para su ambición pero así fue como, curiosamente, fue atrapada por los libros y se hizo guardiana y protectora de la magia que escondían archivos y bibliotecas.

Como buena bibliotecaria y archivera desplegaba sus poderes, y los ejercía allá donde se requerían sus servicios.
En una de sus múltiples aventuras, recayó en las cálidas tierras del sureste del país, en un archivo que dejaba poco a la imaginación, pero que siempre cuidó con mucho mimo y más cariño (como deben hacerse las cosas). Este era el Archivo de la Delegación de Hacienda en Murcia.

Afincada en estas tierras, creyó que era una buena idea enseñar a los jóvenes cómo podían hacerse con parte de sus súper poderes. Así que, ni corta ni perezosa, fue al centro educativo más importante del lugar, la Universidad, para compartir aquellas cosas que ella misma había aprendido y puesto en marcha sobre cómo cuidar y gestionar el patrimonio y los secretos que encerraban bibliotecas y archivos. Siempre había sido María muy generosa.

Cuando entró a las aulas, todo el mundo se quedó perplejo.

“¡Oh! Una mujer”.

Por primera vez en la Universidad de Murcia, estaba impartiendo clases una mujer. Muchos jóvenes hoy en día pasan largas horas de su vida formándose e investigando en la biblioteca principal de la Universidad de Murcia que lleva su nombre: María Moliner, sin saber quién fue esta mujer. Esa que ideó Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas con el objetivo de hacer llegar a todos en el país la magia de la cultura y los libros cuando más falta hacía.

Qué mala es la desmemoria y qué baladí el reconocimiento.

Cuando un señor de traje militar instauró en el país donde los reyes no reinaban, un estado permanente de sobria y oscura autoridad,  María, como tantas otras, dejó de brillar, pero nunca perdió lo que no te pueden quitar, tu propia llama interior. Comenzó a desandar lo andado y a ver cómo ocupaba su lugar cualquier señor menos formado. Su trabajo se hizo invisible.

No podía, nuestra heroína, rendirse ante la adversidad y decidió hacer algo grande que la convirtió en la Reina de las Palabras. Muy a pesar de ilustres pensadores, que nunca reconocieron su valía y que se reunían en una “Real Academia”, en ese país en el que los reyes no reinaban y las mujeres no contaban, reunió en torno a ella todas las palabras que se le ocurrieron, aquellas que llenaban libros, aquellas que oía en la calle, todas las que gustosamente se le acercaron de una manera u otra y les dio un orden y una  existencia particular y vida propia. ¿Con qué podemos explicar los sueños o escribir un hermoso cuento? El Diccionario de Uso del Español recogía el germen: todas las palabras. Para que pudiéramos ser cronistas, imaginar historias, participar en ellas, escribir con acierto el acontecer, para darnos una identidad, para no olvidar… María Moliner volvió a hacer su magia.

Como en las grandes historias con grandes hazañas y trágicos finales, como si se escribiera el  guion de una ópera que hoy se representa, María fue olvidando y mientras sus palabras bailaban alegres en su diccionario, el lienzo de su mente se volvía blanco y, poco a poco, se borraron de su cabeza cada una de las palabras que nos regaló mientras ella las perdía.

Así que le debemos a ella, no olvidar quién fue, porque con todos nosotros, siempre fue muy generosa María.

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