domingo, 18 de diciembre de 2016

HASTA QUE CAMBIE EL TIEMPO SI ES QUE CAMBIA

                                             Resultado de imagen de mary poppins

A los que, como yo, nacimos en esa década extraña que nos ha hecho hijos de ninguna generación o puente intergeneracional.
  

De esa época del Golpe de Estado, de la España de la mayoría absoluta del PSOE, de la adhesión a la Comunidad Europea, de la huelga general masiva que obligó a un gobierno de izquierdas a hacer políticas de izquierdas. Aquellos locos ochenta. 

Éramos niños, así que no pudimos disfrutar con intensidad aquella época desenfrenada de la que sí puede dar cuenta la llamada Generación X (ahora que tanto nos gusta clasificar por nombres a las generaciones), y no nacimos con un aparato digital bajo el brazo, como sí les ocurrió a los Millenials.

Somos los que llegaron tarde. Los tristes descolgados. Los que fueron niños en una época de esperanza, criados con las expectativas en lo más alto. Con la promesa de que una gran formación supondría una vida en concordancia y la genial idea del JASP repetida mil veces y absorbida eficazmente (idea que un millenial seguro desconoce, pero se ilustrará por algún vídeo de youtube). 

Fuimos los jóvenes de la educación terciaria obligatoria. Se nos inoculó un virus y entendimos que no ir a la universidad era el camino directo al fracaso personal más absoluto. Aún hoy la competición sigue: Si no es suficiente con una carrera, haz un máster o dos, haz cursos, habla idiomas… Sigue formándote y formándote. ¿Para qué? Tienes diferentes motivaciones: La formación por pura devoción, para tu crecimiento personal, sin contraprestación, la formación por la formación, la formación para nada. Porque la formación para alcanzar tus metas ya no se lleva y resulta que de formación no se vive.

Ahora somos los adultos de la crisis. Los que demandan oportunidades con escaso éxito, los que exprimen su ingenio y se dejan exprimir. Los que se esfuerzan por no quedar obsoletos en este mundo digital que corre como un suspiro y nos hace cada vez más dependientes de la tecnología.  A la vez nos envolvemos en la nostalgia de lo maravilloso que fue hacer EGB, rasparnos las rodillas por jugar en la calle o llamar por teléfono marcando los seis o siete números en aquella ruedecita. Mientras, miramos nuestra cuenta corriente y la comparamos con nuestra formación. Quizá no haya sido bastante.

¿Y qué es lo peor en mi opinión? La inseguridad y el miedo constante que se refleja en todos los aspectos vitales: laboral, familiar, personal…

Los incomprendidos por las generaciones de antes y de después. Unos que nos recuerdan que no sabemos lo que es sufrir de verdad. En otra época sí que había necesidades y se pasaban calamidades. Otros recordándonos que al mínimo descuido quedamos obsoletos. Mientras, nosotros, luchamos con uñas y dientes para mantenernos a flote, arañando nuestro espacio en el mundo con la sensación de llegar siempre último.

Los defraudados por la realidad que nos sobrevino cuando confiábamos en otra realidad que nos prometieron. Como cuando los Reyes Magos te ponían carbón.

Los desarraigados políticamente porque ya no creemos en un político, del color que sea, que venga a darnos la panacea, porque ya todos se pasaron de frenada. Cuando todas las promesas se han roto ¿quién puede venir a pedir nuestra confianza si no creemos en casi nada?

No sé si nos quedamos en medio de ninguna parte o somos un puente. Esa argamasa que une a ambas generaciones. Visto desde este prisma, puede que nuestra misión sólo sea la dar paso. Hacer entender a las generaciones pasadas cómo van a ser las generaciones futuras y ese sea nuestro punto fuerte, que cabalgamos con conocimiento en esa tierra de nadie. No sé.

Pero entonces, ¿qué te pasa si lo único que quieres es agarrarte al paraguas de Mary Poppins y dejarte llevar hasta que cambie el viento si es que cambia? Pues que eres uno de esos niños incomprendido, defraudado y desarraigado  que nació en aquellos locos ochenta.

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