
A los que, como yo, nacimos en esa década extraña que nos ha hecho hijos de
ninguna generación o puente intergeneracional.
De esa época del Golpe de Estado, de la España de la mayoría absoluta del
PSOE, de la adhesión a la Comunidad Europea, de la huelga general masiva que
obligó a un gobierno de izquierdas a hacer políticas de izquierdas. Aquellos
locos ochenta.
Éramos niños, así que no pudimos disfrutar con intensidad aquella época desenfrenada
de la que sí puede dar cuenta la llamada
Generación X (ahora que tanto nos gusta clasificar por nombres a las
generaciones), y no nacimos con un aparato digital bajo el brazo, como sí les
ocurrió a los Millenials.
Somos los que llegaron tarde. Los tristes descolgados. Los que fueron niños
en una época de esperanza, criados con las expectativas en lo más alto. Con la
promesa de que una gran formación supondría una vida en concordancia y la
genial idea del JASP repetida mil veces y absorbida eficazmente (idea que un
millenial seguro desconoce, pero se ilustrará por algún vídeo de youtube).
Fuimos los jóvenes de la educación terciaria obligatoria. Se nos
inoculó un virus y entendimos que no ir a la universidad era el camino directo
al fracaso personal más absoluto. Aún hoy la competición sigue: Si no es
suficiente con una carrera, haz un máster o dos, haz cursos, habla idiomas…
Sigue formándote y formándote. ¿Para qué? Tienes diferentes motivaciones: La
formación por pura devoción, para tu crecimiento personal, sin
contraprestación, la formación por la formación, la formación para nada. Porque
la formación para alcanzar tus metas ya no se lleva y resulta que de formación
no se vive.
Ahora somos los adultos de la crisis. Los que demandan oportunidades con
escaso éxito, los que exprimen su ingenio y se dejan exprimir. Los que se
esfuerzan por no quedar obsoletos en este mundo digital que corre como un
suspiro y nos hace cada vez más dependientes de la tecnología. A la vez nos
envolvemos en la nostalgia de lo maravilloso que fue hacer EGB, rasparnos las
rodillas por jugar en la calle o llamar por teléfono marcando los seis o siete
números en aquella ruedecita. Mientras, miramos nuestra cuenta corriente y la
comparamos con nuestra formación. Quizá no haya sido bastante.
¿Y qué es lo peor en mi opinión? La inseguridad y el miedo constante que se
refleja en todos los aspectos vitales: laboral, familiar, personal…
Los incomprendidos por las generaciones de antes y de después. Unos que nos
recuerdan que no sabemos lo que es sufrir de verdad. En otra época sí que había
necesidades y se pasaban calamidades. Otros recordándonos que al mínimo
descuido quedamos obsoletos. Mientras, nosotros, luchamos con uñas y dientes
para mantenernos a flote, arañando nuestro espacio en el mundo con la sensación
de llegar siempre último.
Los defraudados por la realidad que nos sobrevino cuando confiábamos en
otra realidad que nos prometieron. Como cuando los Reyes Magos te ponían
carbón.
Los desarraigados políticamente porque ya no creemos en un político, del
color que sea, que venga a darnos la panacea, porque ya todos se pasaron de
frenada. Cuando todas las promesas se han roto ¿quién puede venir a pedir
nuestra confianza si no creemos en casi nada?
No sé si nos quedamos en medio de ninguna parte o somos
un puente. Esa argamasa que une a ambas generaciones. Visto desde este prisma,
puede que nuestra misión sólo sea la dar paso. Hacer entender a las
generaciones pasadas cómo van a ser las generaciones futuras y ese sea nuestro
punto fuerte, que cabalgamos con conocimiento en esa tierra de nadie. No sé.
Pero entonces, ¿qué te pasa si
lo único que quieres es agarrarte al paraguas de Mary Poppins y dejarte
llevar hasta que cambie el viento si es que cambia? Pues que eres uno de esos niños
incomprendido, defraudado y desarraigado que nació en aquellos locos ochenta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario