domingo, 2 de abril de 2017

Dale un carguillo a Juanillo...

... y sabrás cómo es Juanillo.

La frase que abre esta entrada es una de esas que repito con frecuencia, de esas simplonas que tú misma decides que encierran una gran verdad. Lo gracioso es que la adopté del que fuera mi jefe. Puede que cuando vistes a alguien con algún poder o autoridad descubras cómo es en realidad.

Lo que sí es cierto es que es fácil poner el foco en aquellos que ostentan cierto grado de poder sobre ti, da igual cuánto mande. Ahí centraremos nuestras críticas y nuestra inquina.

¿Quién no ha tenido un jefe al que le gusta salir de fiesta con sus subordinados y acaba teniendo favoritos y desdichados rehenes discriminados? Los arrogantes que ni comunican bien y se creen en poder de la verdad absoluta, aquellos que no tienen en cuenta a sus empleados y sólo ven números,  los que se paran en nimiedades ridículas, los concentrados en mostrar su power a todas horas, los que toman decisiones sobre una actividad que ni conocen  ni se han molestado en investigar, los que se irritan con facilidad y no soportan los cambios, los hiper controladores, los inseguros, los de las expectativas imposibles que se asemejan a cuentos de hadas, los que no tienen ni idea de que en un minuto sólo caben sesenta segundos, etc.

Paro aquí porque podría ser largo y lo peor es que a algunas de estas descripciones les he puesto cara y se me ha hecho demasiado real. Como ves, es fácil poner el centro de la diana a los jefes y probablemente no nos equivoquemos, pero nos olvidamos, como siempre de la autocrítica. ¿Te suenan las siguientes expresiones?: ¡Si yo mandara algo…!, ¡cualquiera es jefe!, ¡yo lo hago mejor con los ojos cerrados!

Pero qué pasa con nosotros, los currelas. Qué me decís de ese compañero que carga con esa tremenda cruz a cuestas que tanto pesa y que nunca hace nada para aliviar la carga, salvo buscar compañeros que escuchen sus cuitas, o el que está siempre cabreado (en ocasiones confluyen victimismo y enfado en una misma persona), o el eterno desganado, o los manipuladores, o los criticones y cotillas, o los trepas…

Como me ha ocurrido con los jefes,  he podido ponerles cara a algunos adjetivos, pero si eres sincero (y puedes serlo porque nadie se va a enterar) te habrás reconocido a ti mismo en uno o varios de ellos. Ha sido como jugar a Quién es quién.

Nunca ha estado bien exagerar y menos generalizar la exageración, pero siempre es más divertido y a todos nos gusta el cotilleo cuando es de otro.

Sin embargo, no olvides que la moneda siempre tiene dos caras y aunque es fácil barrer para otro lado, tenemos que entender que si uno está contribuyendo con su propia actitud a que las conductas perniciosas se mantengan, poca solución puede encontrar la situación de toxicidad, que tenderá a ser crónica y acabará teniéndose que amputar algún miembro, y todos sabemos quiénes tienen todas las papeletas en esa rifa.

Quizá sea hora de asumir nuestra parte, ser autocríticos y comenzar por establecer límites, tratar de contribuir positivamente a la mejora de las relaciones, cuidarse a uno mismo, ser inteligente, porque se trata de pasar el tiempo más enriquecedor posible en un espacio en el que invertimos parte de nuestra vida con gente que nos acompaña (nos guste o no).

Cada uno deberá saber si quiere ser parte del problema o de la solución, porque ya sabes qué le pasa a Juanillo cuando le dan un carguillo.

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