Aprendí muchas cosas de mi paso por Barataria. ¿Has estado allí? Cuando llegué tenía claro que la gente común no tiene cabida en gobiernos. La gente vulgar debería limitarse a obedecer a esa clase superior, que con los modales que proporciona la cuna y cierta formación, permiten dirigir y gobernar vidas. Todo muy ordenado. Los privilegiados gobiernan y los demás trabajamos para aquellos que nos lo ordenan.
Sin embargo, allí estaba ese
hombre de bien “si este título se puede
dar al que es pobre*” que entre risas y la curiosidad que despertaba, mantenía
el tipo. Decían que era el nuevo gobernador de la ínsula, así que despertó mi
interés. Tuve la posibilidad de presenciar cómo un hombre analfabeto y rudo resolvía,
con mucho sentido, las disputas que se le plantearon. Pero no parecía digno que
una persona sin cualificación se dedicase a gobernar en lugar de trabajar. Un
trabajador trabaja ya que nació para eso. Sólo alguien importante puede reconocerte
cierta valía pero no te libera de tu condición humilde ni de tu aspecto y tus
modales rudos y serviles.
¿Desde cuándo un hombre vulgar se
hace cargo de un gobierno con acierto? Desde el mismo momento en el que hace
imperar en sus decisiones el sentido común y deja guiar su criterio por
principios rectos.
Hacía gala este hombre de su
humilde linaje y podía presumir de no ser un soberbio poderoso. Yo me
preguntaba si se dejaría engatusar por la ambición de la riqueza o por las
lágrimas del débil. ¿Sería compasivo o riguroso? Aprovechar su condición de
superioridad para proporcionarse venganzas sería fácil, sin embargo, ser
ecuánime, sabio y justo podía proporcionar bienes mayores: autoridad, respeto y
admiración. No tendrán, ni él ni su familia, grandes riquezas y bienes pero
disfrutarán de algo mejor, no siempre bien valorado: el prestigio que te
permite vivir en la memoria de la gente, el prestigio que no se compra, que se
gana.
A lo largo de mi humilde vida me
había cansado de observar reyezuelos y diosecillos que pugnaban por el poder
hasta alcanzar su imposición sobre cualquier otra voluntad. Arbitrariedades e
injusticias he visto y sufrido. Siervos de costumbres, siervos de tradiciones
azarosas, siervos de noblezas, siervos de poderosos criminales, y, sin embargo,
allí está ese hombre humilde gobernando a golpe de sentido común.
Ha sido aquí, en Barataria, donde
empiezan mis reflexiones. Ha sido aquí, en Barataria donde me planteo qué hay
de bueno y malo en el mundo que me rodea sin dejarme engañar por lo que mis
ojos ven y mis oídos escuchan. He llegado a Barataria en busca del sentido
perdido. El común.
¿Has venido alguna vez? Yo me
quedo un tiempo a ver qué otras nuevas me depara Barataria. Si te acercas, no
olvides pasar a verme porque agradeceré que compartas tu conocimiento y tus
impresiones conmigo.
Bienvenido a Barataria.
Me ha gustado mucho esta primera entrada. Gracias por invitarme a viajar a Barataria.
ResponderEliminarUn placer. Sabes que esto es fruto de nuestros cafés así que no podían faltar tus tirones de oreja.
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