martes, 25 de abril de 2017

Miedo



Miedos. Todos tenemos los nuestros. Y menos mal que sabemos lo que es el miedo porque vivir sin él nos haría temerarios, camicaces y carne de tumba. 


Tener miedo es importante y necesario, pero ¿hasta dónde tener miedo es sano?, ¿hay límite? Supongo que como con los miedos, el límite también depende de cada uno.

Cuando el miedo limita, paraliza, cuando las consecuencias de tener miedo son peores que no sentirlo. Cuando vivimos secuestrados por él ¿de qué somos rehenes? Cuando te da miedo hacer cosas cotidianas y comienza a asustarte viajar, empezar una nueva relación, hablar en público, hacer algo por tus propios medios, empezar un negocio, dejar un trabajo, etc.

Me detengo en esto último. ¿Cómo no va a dar miedo dejar un trabajo?, ¿estás loca?, con los tiempos que corren, la que está cayendo y la suerte que tienes de tener uno No puedo negar que ninguno de estos puntos es una buena razón quedar atrapado.

Y así, repitiendo esto como un mantra, es como se crea una generación de trabajadores esclavos del miedo. Trabajadores que dejan pasar las horas sin motivación ni interés por miedo. Porque como tú hay miles de personas dispuestas a aceptar tu trabajo, sean cuales sean las condiciones más o menos sanas de las que disfrutes. Pero ¿y si…?

El miedo a lo desconocido, al qué dirán, el miedo a todo lo que te ata, el miedo de sentir que nada te ata. Pero ese algo que te ronda en la cabeza, ese fugaz ¿y si…? Ese peligroso ¿y si…?

Quizá me equivoque en esta reflexión porque desde lo personal no se puede ser objetivo. Creo que me educaron para no depender de nadie y que no me pusiera límites. No me educaron encasillada en la idea de tener y cuidar de una familia como objetivo vital. O quizá sí pero yo no me di cuenta. Para mí hay más cosas además de crear una familia. El sacrificio de tener un trabajo para mantener unas bocas y pagar facturas es algo que he vivido porque mis padres me han dado todo lo que tengo a costa de su energía, su tiempo y literalmente a costa de su salud. No hay palabras suficientes de gratitud.

La verdad es que nuestro presente va tan rápido que no puedo ni siquiera imaginar cómo va a ser el día de mañana, como para saber qué será de mí en el futuro. Y a la vista de los acontecimientos actuales, nada garantiza un futuro estable y tranquilo, nada.

Sin embargo, habiendo empleado mi vida en mi formación personal, académica y laboral y sin haber creado aún una familia, cuál pueda ser el origen de mis miedos es algo que estos días me asalta.

En un país incapaz de crear empleo, de ofrecer calidad o salarios dignos. Un país en el que las desigualdades aumentan, donde los trabajadores son pobres, los ricos cada vez más ricos y los ladrones se visten de políticos cada día. Donde absolutamente todo se compra y vende y todo es objeto de especulación. Sí, claro que hay que tener miedo. Ten miedo y abre un plan de pensiones, ten miedo y acepta un sueldo miserable, ten miedo y deja que abusen de ti, ten miedo pero no pienses mucho que ya te dicen otros lo que tienes que hacer y a qué tener miedo. Alguien con miedo es alguien fácilmente manipulable, así que en cada paso que damos y comentario que escuchamos tenemos implícito o no tan implícito el mensaje del miedo.

El miedo inoculado por esas generaciones que han vivido una realidad distinta y que ahora decide cómo debemos vivir las siguientes generaciones. De nuestra mano queda si absorbemos esos miedos y dejamos que nos venzan o luchamos contra ellos hasta la rendición de uno de los dos.

Meter en una maleta el miedo y una locura y mezclar ambas cosas entre los calcetines y los pantalones es la manera que yo he encontrado para  que deje de resonar en mi cabeza ese ¿y si...? y recuperar el control y hacerme dueña de mi miedo, para que no sea nunca más fuerte que yo misma.

Quizá me equivoque. El tiempo me pondrá en mi sitio.

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