Me gustaría estar pensando en
otra imagen pero cuando veo las noticias sólo vienen a mi cabeza animalitos
sonrosados retozando sin pudor en sus charcas de barro.
Gracias a mi sobrina y a su
afición por Peppa Pig sé que a los cerdos les encantan los charcos de barro y
disfrutan enormemente chapoteando y poniéndose perdidos de fango. Disculpen que
acuda a estas referencias tan infantiles y poco fiables, pero reconozco que
nunca he visto cerdos en su lodazal salvo los que últimamente salen de traje y
corbata en la tele.
Hay quienes hablan de sapos y
otros animalillos, yo creo que hay que dejar a los pobres bichitos en paz
porque comparar los atropellos de algunas personas que se pasean sin pudor y
con total desvergüenza por congresos, asambleas, juzgados, fiscalías, conventos
y otras charcas, con lo que pasa en la naturaleza es absolutamente
contraproducente e injusto. Pobres animalitos que no se merecen la comparación.
Hay una canción maravillosa que
escuché de un maestro: “y se le dio la querencia al fin y le creció una corbata”…
¡Ay! Elemento cruel de vestimenta. Cuando por fin te sale del cuello afloran los
más bajos instintos que permanecían latentes a la espera del pistoletazo de
salida, del momento propicio, de la compañía adecuada y del lugar oportuno.
Cuando crece esa prenda al cuello
que parece asfixiar las neuronas para permitir dar rienda suelta a la
desvergüenza hasta llegar a ese punto de total y absoluta normalidad. Cuando el
afectado no sólo cree que lo que hace está bien sino que consigue que todos los
que vemos sus ruines actos digamos que si nos hubiera crecido a nosotros la
corbata estaríamos chapoteando en ese mismo fango, así como ellos. Si es lo
normal, ¿no?
Desvergüenza que te hace sentir por
encima del bien y del mal. Esa misma a la que nos hemos acostumbrado con el
paso tedioso de las horas frente a un televisor que no deja de reproducir las
mismas noticias con mil caras diferentes. Casos de corrupción nuevos que se
entremezclan con los viejos y siguen colapsando tribunales, medios de
comunicación y mi capacidad de tolerar basura. Ni siquiera puedo enumerar los
casos que hay abiertos por miedo a dejarme entre quince o veinte procesos sin
nombrar, porque no tengo tanta capacidad para recordar.
Mañana volveré a mojar mis
galletas del desayuno en los charcos de barro de los cerdos con corbata y
seguiré esperando que en algún momento nos dé por reflexionar, a todas esas
personas que nos levantamos cada día sin decoraciones en el cuello, y nos
preguntemos hacia dónde vamos, si queremos seguir así y qué estamos dispuestos
a hacer para que algo cambie si es que creemos que algo debe cambiar.
A Peppa Pig le encantan los
charcos de barro, pero Peppa no deja de ser una divertida cerdita de animación
y no creo necesario que acabemos todos en
el fango como ella, arrastrados por nuestros señores de corbata.
“Y se le dio la querencia al fin…”
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