Cuando llegues dame un toque.
Espero aquí hasta que entres en el
portal. No vuelvas tarde. Pídele a alguien que te acompañe. Así estaré más tranquila.
¿Cuántas de estas frases no has
escuchado o dicho cada día? Yo no recuerdo haber vivido sin ellas. No recuerdo
el día que no se lo haya dicho a mi hermana o a mis amigas o ellas o mis padres,
me lo hayan dicho a mí. Así, con total naturalidad. Como si fuese normal sentir
que por ser mujer, no ir acompañada o no tener todas las alertas puestas cuando
paseas sola por la calle, puedas ser una víctima en potencia de acoso. Incluso
sentirte la responsable en caso de una agresión si no has seguido al pie de la
letra todo el protocolo que, sin querer, hemos establecido y normalizado.
No seas simpática ni amable, no
establezcas relaciones de confianza, no te quieras, ni te cuides, ni te
respetes, no cometas el error de comportarte como una persona normal no sea que
lo confundan con una insinuación, de las que acaban con las frases: “ella se lo
buscó” o “algo habrá hecho”.
No sé en qué momento vivir con
miedo se ha convertido en la forma natural que tienen de sobrevivir las
mujeres. El miedo que te hace estar alerta, no bajar la guardia y que agota. Me
gustaría pensar que es desproporcionado, pero esta semana desproporcionados son
los hechos, la crueldad y no el miedo que ya viene con nosotras de serie. Me
aterra pensar que acabemos justificando que vivir con miedo debe ser la forma
normal de existir de las mujeres.
Hacernos vivir así implica que somos más vulnerables, controlables
y manipulables y siempre habrá a quien le interese tener ese control sobre
nosotras y mantenernos en ese estado de continua alerta, esté o no justificada.
Hoy no quiero hablar de
desigualdades, sólo me gustaría que todos se pusieran en la piel de aquella
mujer que corre para llegar al portal de su casa de noche, que mira a su
espalda todo el tiempo si escucha un ruido, que no puede estar sola sin sentir
inseguridad o teme por su integridad física.
Quiero acordarme de aquellas dos
chicas que fueron a urgencias una noche, seguidas de un tipo al que le pareció
una gran idea acosarlas sexualmente en las esquinas cuando más vulnerables eran
y de una de ellas que ya no vuelve a casa de noche si no la acompañan, porque
se siente insegura incluso en la calle en la que vive y donde la conocen de toda
la vida.
Porque ese sentimiento nos roba
hasta los espacios en los que nos tendríamos que sentir seguras y protegidas y
nos quita libertad de ser y vivir como queramos hacerlo.
Quiero acordarme de las que
están, de las que no, de las que sufren, de las valientes, de las oprimidas, de
las que luchan, de las que aún no saben que esto es un esfuerzo de todas y de
los que creen que deben luchar a nuestro lado con fuerza para alcanzar la
igualdad, dignidad y respeto que merecemos todos y todas para superar las trabas que nos han impuesto por
ser mujeres.
Ponte en mis zapatos y trata de
caminar igual de rápido que lo hago yo cuando vuelvo a casa sola de noche y
empezarás a entender de qué te estoy hablando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario