Con el final de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se dio
una forma de gestionarse a la que nos habíamos acostumbrado.
Corregimos
aquellas cosas desajustadas y creamos otros desajustes diferentes, siempre bajo
la supervisión de los todopoderosos imperios que polarizaban el mundo, que para
bien o para mal han estado presentes imponiendo sus criterios, bajo la premisa de
que el poder de unos se logra gracias a los explotados hasta el desaliento.
Y bajo este manto, algunos de nosotros nos sentimos
protegidos por los logros y por el estado de bienestar alcanzados. Sin embargo,
el mayor aliado de este sentimiento de protección es el desconocimiento y el
mejor amigo de los que abusan en beneficio propio, es el mismo miedo.
¿Pero qué ocurre si cada vez tenemos más miedo y nos
sentimos menos protegidos y con menos derechos? Que otros se están haciendo más
y más fuertes ante nuestros ojos y gracias a nuestra completa falta de
capacidad de reacción y, en ocasiones, con nuestro beneplácito.
Quizá sea un nuevo laissez faire o un nuevo todo para el
pueblo. Quizá no sea tan nuevo y ya se estaba fraguando mientras mirábamos a
otro lado. En pleno azote la crisis buscamos culpables y en muchas ocasiones
damos golpes de ciego acusando sin deber.
Y se elevan sobre otras, las voces de aquellos que por arte
de magia han encontrado la razón de nuestros problemas y la milagrosa solución.
Y nos piden que lo sigamos como a un mesías. Frente a nuestra desesperación y
miedo se erige como ese clavo ardiendo al que aferrarse aunque nos destroce
después. Y nos taladran los gritos acusadores, las mentiras repetidas mil veces
hasta que las hacemos nuestras. Perdonamos lo imperdonable a los que se
autodenominan salvadores. En el mejor de los casos oportunistas aprovechando
ríos revueltos y en el peor, son ellos mismos los que agitaron el río para
pescar en aguas turbias.
De qué sirven los gobiernos electos, los organismos
internacionales si se ignoran sus directivas, si perjudican los intereses
propios, de qué si se llenan de cargos políticos venidos a menos en lugar de
expertos en materias, de qué si decidimos que los principios fundacionales
basados en la solidaridad ya no son aplicables porque impera la ley del más
fuerte. De qué sirve si nadie afronta los problemas reales y actuales de manera
seria y no se evoluciona con las sociedades sino que se retrocede en logros
alcanzados. De qué sirve si vivimos sometidos al egoísmo, al cortoplacismo y a
la ruindad. Estamos a los pies de los caballos.
La vergüenza nos azota en Grecia, Turquía, Siria, Brexit,
Rusia “apoyando” a un candidato a la Casa Blanca, las guerras de los olvidados,
los desplazados, el hambre de millones de personas en el mundo, los rescates,
las pensiones, el desempleo, emigración y un largo etcétera que podría ser inacabable.
Recordando la moraleja de El Flautista de Hamelín,
deberíamos tener presente que un país que no es capaz de resolver sus
problemas, siempre queda a merced de interesados en hacerlo para sacar
beneficio y esto, a la larga o no tan a la larga, hipoteca nuestro futuro (como
ocurrió con los niños que siguieron al flautista).
Este panorama actual, por incierto, nos aterroriza y en
ocasiones paraliza. Pero decir que nos ha cogido por sorpresa es demasiado
decir, porque se lleva gestando durante demasiado tiempo. Deberíamos
plantearnos hacia dónde mirábamos, pero siendo esta una cuestión que una vez
resuelta no aporta nada, deberíamos decidir hacia dónde queremos mirar a partir
de ahora y actuar en consecuencia. Las grandes conquistas se han logrado en la
calle, por los ciudadanos a pesar de los gobernantes. Ahí debería estar nuestra
lucha, en recuperar nuestro presente y sobre todo nuestro futuro.
Dejemos de escuchar y salgamos del hechizo de la flauta de los que tocan para que nos ahoguemos.
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