Ya se nota que los días son más cortos. La vuelta es un hecho para casi
todos. Hemos dejado atrás las tardes de chiringuito y baño en la playa. Estamos
guardando las maletas y viendo las fotos de esos lugares que hemos ido a
visitar estos días de vacaciones. ¡Qué grandes fotos!
Hemos compartido imágenes maravillosas en redes sociales con el mar de
fondo y un baño de luz y agua impresionante. Hemos dejado reflejadas en esas
instantáneas, lo bien que nos sientan las cangrejeras, los sombreros, las gafas
de sol y las cremas solares. Estas dos últimas cosas con bastante filtro. Gafas
polarizadas para mirar al mar y que nada nos haga daño a la vista, ya sea el
sol que se refleja, o los cuerpos que se acumulan. Que nada nos perturbe.
Cremas solares con factor alta de protección, para hacer de nuestra piel algo
insensible. Esa “piel” que nos falta…
Algunas fotos recogerán las risas de la familia que por vacaciones vuelve
a casa a disfrutar de los suyos. Durante el resto del año no sería posible sin
Skype. De esos amigos que por lejos que estén vuelven al campamento base y
acogedor de las bromas de toda la vida. Risas que hacen olvidar que fueron
expulsados. Que estando formados, preparados, teniendo una vasta experiencia, en
este país que los formó se siguen sin apreciar sus cualidades, siguen sin tener
oportunidades. Esos grupos de amigos que se hacen más grandes, más
multiculturales. Ya hay parejas y amigos/as de aquí y de allá, que no hacen sino
enriquecer las relaciones y dotarnos de valores imprescindibles.
Maldita sea la
amnesia y la ceguera. Puede que un día recuperemos todo ese capital humano,
puede que vuelvan los amigos y la familia, y no sea por vacaciones, que al
final se hacen cortas y que se traducen en amargas despedidas. Puede que algún
día seamos más acogedores, valoremos a las personas por encima de su color,
raza, religión o sexo y recordemos lo que es ser solidario. Solidaridad que va
más allá de quince días con el colega extranjero y gracioso. Por ahora, las
fotos que vemos son risas y bromas a orillas del Mediterráneo.
Pero llega septiembre, y con los días más cortos también llegan las despedidas. Hay que decir
adiós inevitablemente. Es momento de volver a hacer las maletas, que no se
llenarán de bikinis, gafas de sol ni crema solar. Se llenarán de esperanza de
los que se van buscando una oportunidad, buscándose la vida, buscando una
ilusión que por momentos escasea en este país de impresionantes paisajes. Mientras
unos se marchan, otros confían sus vidas al mar, a mercenarios. Qué paradoja. Los
invitados a salir y los no invitados al “festival”. Este país no puede hacerse
cargo de la gente en la que invirtió, ni puede ser solidario con las personas
que huyen de la miseria y la muerte. ¿De qué se hace cargo entonces? No quiero
responder a eso.
Cuerpos de personas en ese mar que acoge yates de lujo. Grandes fortunas
y grandes infortunios, grandes esperanzas y grandes desesperanzas. Esta foto
debí hacerla sin querer. Tendré que borrarla porque afea la que tomé de las
cangrejeras.
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