Me encantaría asomarme al futuro,
en nuestro relativo espacio tiempo, y ver cómo cuentan los libros de historia la
crisis en España de los primeros años del siglo XXI. Consolidada la Transición,
cómo explican la ruindad, la galopante desigualdad, la cada vez mayor
desinformación, la cada vez más vergonzosa falta de derechos y la cada vez más
insoportable conformidad.
Hace siglos que no leo, escucho o
veo una estadística (me tomé un respiro mental necesario), pero me baso en lo
que escucho en la calle. “Todos son iguales”, “yo ya no quiero saber más de política”.
Pero todos hablamos de política todos los días.
Hablamos de política cuando
vamos al médico y tenemos que esperar dos meses para que te hagan un
electrocardiograma de urgencia. Hablamos de política cuando tus condiciones de
trabajo son cada vez peores y te dicen: “si no te gusta, ahí tienes la puerta
que como tú hay miles que cobrarían menos”. Hablamos de política cuando la
lista de la compra que haces para esta semana es más corta que la de la semana
anterior, porque no llegas a fin de mes. Hablamos de política cuando no te
llega para libros ni zapatos para el cole. Hablamos de política cuando no
puedes independizarte sin dejar de comer en casa de tus padres ni tener
proyectos de futuro mientras lees que tu jefe gana al día mil euros más de lo
que tú ganas en un año. Hablamos de política cuando tienes esa edad en la que
no te quieren para trabajar pero no tienes derecho a ayudas. Hablamos de política
cuando vas al aeropuerto a recoger a un hermano que vuelve de vacaciones a casa. Hablamos de política cuando
después de hacer cuentas no sabes si podrás vivir con lo que te dejan de
pensión, siempre que no tengas problemas graves de salud y tus hijos y nietos
no dependan de ella. Cuántos ejemplos podría seguir poniendo. Hablamos de
política.
En mi propio barómetro de
supermercado y de banco en la calle a la fresca, he notado que nos encaminamos,
de cabeza al viejo bipartidismo. Nuestra próxima cita es en noviembre y parece
que ya nos hemos conformado con los cambios que se han hecho (que no sé cuáles
han sido). Parece que nos hemos resignado a creer que las cosas son y serán así
siempre. Las nuevas incorporaciones han sucumbido a las maldades del juego de
los partidos. Y nosotros sufrimos de esa enfermedad de: “más vale malo conocido”.
Hemos olvidado algo importante.
El ciudadano es quien tiene el derecho a la representación, a la información, a
la economía, al trabajo, a la justicia, a la educación, a la sanidad, a la
vivienda... Algo no va bien cuando nuestro termómetro social son las bolsas de
Madrid, de Tokio, de Nueva York… Algo no va bien cuando el ciudadano deja de
importar a quien trabaja para representar al ciudadano. No importa que no
tengamos futuro si la bolsa funciona. No importa volver al colonialismo, no
importa controlar/condenar la población de la forma más inhumana. Esto es el
mercado. Oligarquías, caciquismos y paternalismos (en toda la gama de colores).
Cuando la pequeña de mi casa me
pregunte por sus deberes de historia espero que no hayan tergiversado los
hechos, con leyes de educación cada vez más absurdas que buscan “estupidizarnos” (perdón por la licencia).
Si es así, yo seré su memoria. Yo le contaré lo que pasaba y lo que veía la
gente que se sentaba en el banco y la que iba al supermercado. Yo le contaré
las políticas que nos trajeron hasta aquí y las responsabilidades que nunca nadie
asumió. Yo le contaré su historia.
Por ahora, y con cierto retraso, voy dejando retazos de nuestra realidad en Barataria, para cuando lo quiera leer.
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