Monsanto controla el 90% de las
semillas transgénicas del mundo, Microsoft tiene el 88,6% de la cuota de
mercado de software informático, unas ciento cincuenta mil personas compran
productos Unilever sin saberlo, Mc Donalds da cincuenta y ocho millones de comidas
diarias. De las cien economías más grandes del mundo, cincuenta y una son
empresas.
Estos datos no están actualizados
y son los que presentan el documental que os he dejado colgado. Lo he
renombrado como “No somos conscientes de que nos gobiernan las empresas”. Últimamente paso horas con la cabeza en esta
temática y aunque los datos están desactualizados, lo que viene expresar
no pierde valor.
Me resultó irónico, escuchar en las noticias hace pocos días, que altos
responsables de una de las empresas involucrados en la Trama Púnica habían ido
a hacer un curso de ética en los negocios. ¿Son compatibles la ética y los
negocios? Quiero pensar que sí, sin embargo, nada hay que hacer si el faro que
ilumina a las empresas no pasa por un convencimiento absoluto de lo que implica
la ética empresarial.
Una entidad ya sea pública o privada, es algo vivo con la capacidad de
influir en la vida de la gente bien de manera positiva o negativa. Y en este
contexto loco de capitalismo y globalización
es fácil perderse. Diluir responsabilidades y sufrir lo que yo voy a
llamar la bipolaridad empresarial. Se supone que el fin último de una empresa
es generar beneficios económicos, pero, ¿podemos decir hoy que es el fin único?
Después de las muchas tragedias sociales propiciadas por el codicioso fin
de ganar dinero de cualquier manera de empresas, estados y particulares (todos
conocemos casos sangrantes y en los datos de presentación di algunos ejemplos),
se han ido adoptando medidas de maquillaje porque es un hecho que presentarse
como una empresa preocupada por el medioambiente, las cuestiones sociales, una
gestión económica adecuada y de buen gobierno permiten ganar algo cada vez más
valioso, algo que te distingue de otros: reputación. Está demostrado que una empresa
es más sostenible (ahora que todo es cambiante) si te adaptas, te reinventas y
si adquieres ciertos compromisos responsables. Esto también puede medirse en
términos de rentabilidad y puede ser un incentivo empresarial.
Pero aquí volvemos al quid de la cuestión a la bipolaridad mencionada
antes. No sólo hay que parecerlo, también hay que serlo. La infinita pillería
humana, sumada al egoísmo y la avaricia sin fin y un contexto global propicio
para las empresas, en el que cada vez se protegen más sus intereses y menos los
de las personas y los colectivos, hace muy fácil seguir actuando como convenga
y maquillar todo lo que se pueda. Si la legislación es un poco restrictiva
aquí, la empresa podrá deslocalizarse e implantar su actividad allá dónde los
requisitos sean menores. Siempre podrá presumir de cumplir la ley pero, ¿podrá
presumir de ética cuando allá donde produce no se respetan los derechos humanos
o su actividad es perjudicial para la comunidad o el medioambiente? Necesitamos
mucho maquillaje, demasiado ahora que los medios para informarse son cada vez
más y más rápidos, para bien y para mal.
Sería todo más fácil si en lugar de tener una ética postiza ya viniera de
serie. No habría que crear grandes obras de ingeniería para aparentar
reputación. La reputación estaría.
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