viernes, 5 de junio de 2015

Balada de reinitas




“… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció…”,  …“Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.”

Fragmento de “La palabra” de Pablo Neruda.

Y las palabras son sonidos, algunos armoniosos, algunos chirriantes. De cualquier manera todo puede definirse con palabras, lo que fuimos, somos y seremos.

En otras ocasiones he hablado de la importancia de usar las palabras de manera correcta.

Tenemos la suerte de tener una riqueza y una diversidad cultural impresionante. Poseemos un lenguaje variado, rico y muy hermoso, que fluye, que cambia, que se adapta. Las palabras crean realidades y traen al mundo las ideas. Ponen al alcance de todos nuestro pensamiento, nos definen, nos exponen y nos hacen ser.
Las palabras pueden mentirnos con sus eufemismos, paradojas, ironías, metáforas….

Conocer el significado de las palabras y el sentido de las mismas se logra con una actitud crítica que se alcanza con la educación, con la voluntad de formación personal, con palabras tan hermosas como esfuerzo, trabajo, dedicación o superación. Sólo así evitamos el engaño, la mentira, la falacia y demás sinónimos. Sólo así logramos alcanzar la verdad que nos proporciona argumentos para valorar. La palabra es la mejor herramienta que tenemos para combatir la ignorancia y hacer de cada uno de nosotros ciudadanos en su acepción de “hombres buenos”. Ciudadanos y ciudadanas con capacidad de valorar críticamente y elegir. La ignorancia es la antítesis de la verdad y el inicio de la sumisión. No podemos elegir ser ignorantes y mucho menos presumir de ello porque renunciar a la palabra es olvidar lo que fuimos, somos y seremos. Masa sin forma, sin historia, sin decisión ni ambiciones. Esclavos de otros. Actores secundarios de nuestra propia vida, dirigida por hilos sibilinos que otros controlan.

Con la ambición de ser una sociedad sana debemos apostar por la formación de calidad y de los que se ocupan de educarnos, motivarnos y despertar nuestra curiosidad e interés. Lo contrario hace de nosotros un ente deforme. Mercancía con la que especular y negociar (y para algunos es un trapicheo muy goloso mantenernos rodeados de la mayor de la estupidez posible).
Nuestro reflejo como sociedad lo dan dos cosas que muestran una sociedad enferma: La primera es la manera de tratar a nuestros educadores, que tienen en sus manos la capacidad y el talento de sembrar el germen de la libertad de conciencia, pensamiento y participación, por lo que limitar su actividad implica someternos a la dictadura del yugo. La segunda es la forma en la que tratamos a nuestros mayores, que son nuestra memoria, que son nuestra razón de ser. No valorarlos es no valorarnos.

Si despreciamos la palabra nunca podremos expresar nuestra historia, nunca habremos sido, no somos y no seremos jamás.

Hoy quiero acordarme de las reinitas de mi vida (porque curiosamente todas sois mujeres). Vosotras que decidisteis dedicaros a abrir los ojos de los más jóvenes al mundo. Vosotras que queréis impregnar de valores y ética la educación. Que estáis dispuestas a seguir adelante, esquivando obstáculos para despertar inquietudes, sacudir conciencias y alentar espíritus críticos. A vosotras que creéis en una educación pública de calidad aunque padezcáis de opoenfermedad.


Yo apuesto por vosotras, mis “docentes/decentes” y para vosotras tengo una palabra: Suerte.

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