“… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una
palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro
de una frase que no la esperaba y que le obedeció…”, …“Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se
llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo…
Nos dejaron las palabras.”
Fragmento de “La
palabra” de Pablo Neruda.
Y las palabras son sonidos,
algunos armoniosos, algunos chirriantes. De cualquier manera todo puede
definirse con palabras, lo que fuimos, somos y seremos.
En otras ocasiones he hablado de
la importancia de usar las palabras de manera correcta.
Tenemos la suerte de tener una
riqueza y una diversidad cultural impresionante. Poseemos un lenguaje variado,
rico y muy hermoso, que fluye, que cambia, que se adapta. Las palabras crean
realidades y traen al mundo las ideas. Ponen al alcance de todos nuestro pensamiento,
nos definen, nos exponen y nos hacen ser.
Las palabras pueden mentirnos con
sus eufemismos, paradojas, ironías, metáforas….
Conocer el significado de las
palabras y el sentido de las mismas se logra con una actitud crítica que se
alcanza con la educación, con la voluntad de formación personal, con palabras
tan hermosas como esfuerzo, trabajo, dedicación o superación. Sólo así evitamos
el engaño, la mentira, la falacia y demás sinónimos. Sólo así logramos alcanzar
la verdad que nos proporciona argumentos para valorar. La palabra es la mejor
herramienta que tenemos para combatir la ignorancia y hacer de cada uno de
nosotros ciudadanos en su acepción de “hombres buenos”. Ciudadanos y ciudadanas
con capacidad de valorar críticamente y elegir. La ignorancia es la antítesis
de la verdad y el inicio de la sumisión. No podemos elegir ser ignorantes y
mucho menos presumir de ello porque renunciar a la palabra es olvidar lo que
fuimos, somos y seremos. Masa sin forma, sin historia, sin decisión ni
ambiciones. Esclavos de otros. Actores secundarios de nuestra propia vida,
dirigida por hilos sibilinos que otros controlan.
Con la ambición de ser una sociedad
sana debemos apostar por la formación de calidad y de los que se ocupan de educarnos,
motivarnos y despertar nuestra curiosidad e interés. Lo contrario hace de
nosotros un ente deforme. Mercancía con la que especular y negociar (y para
algunos es un trapicheo muy goloso mantenernos rodeados de la mayor de la
estupidez posible).
Nuestro reflejo como sociedad lo
dan dos cosas que muestran una sociedad enferma: La primera es la manera de
tratar a nuestros educadores, que tienen en sus manos la capacidad y el talento
de sembrar el germen de la libertad de conciencia, pensamiento y participación,
por lo que limitar su actividad implica someternos a la dictadura del yugo. La
segunda es la forma en la que tratamos a nuestros mayores, que son nuestra
memoria, que son nuestra razón de ser. No valorarlos es no valorarnos.
Si despreciamos la palabra nunca
podremos expresar nuestra historia, nunca habremos sido, no somos y no seremos
jamás.
Hoy quiero acordarme de las reinitas de mi vida (porque
curiosamente todas sois mujeres). Vosotras que decidisteis dedicaros a abrir
los ojos de los más jóvenes al mundo. Vosotras que queréis impregnar de valores
y ética la educación. Que estáis dispuestas a seguir adelante, esquivando
obstáculos para despertar inquietudes, sacudir conciencias y alentar espíritus
críticos. A vosotras que creéis en una educación pública de calidad aunque
padezcáis de opoenfermedad.
Yo apuesto por vosotras, mis “docentes/decentes” y para vosotras tengo
una palabra: Suerte.
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