Es martes, o eso dice el envés de
la tableta de pastillas. Si no es así, me he saltado la dosis de hoy. La agenda
marcada por un pastillero que necesitamos ahora que estamos enfermos.
¿Síntomas? Muchos. ¿Tiene
curación? Llegados a este punto de gravedad no lo puedo asegurar.
La enfermedad se manifiesta de
manera diferente en el individuo según el perfil que desarrolle el trastorno en
su fase actual, sin embargo, parece que se requiere más observación.
Nos hemos encontrado dos tipos:
El trastorno depresivo se
caracteriza por hacer del individuo una persona con una profunda tristeza
vital, agotada, apática, y sin ilusión. Síntomas provocados tras sufrir un ataque de
falsas promesas. Le prometieron que su esfuerzo se recompensaría. Le dijeron
que el futuro era de los que se forman, de los que estudian, de los que se
arriesgan, de los que crean. Le dijeron que las oportunidades llegarían, que
podrían realizar sus proyectos vitales, que avanzarían y harían avanzar a los
demás.
Estado: grave. Se cree que la
enfermedad les ha podido dejar ciegos, porque no ven todo lo que le prometieron.
Pueden presentar síntomas de afonía porque nadie les escucha. Puede que estén
amnésicos, ya que apenas si recuerdan lo
que un día les vendieron como el estado de bienestar. Algunos palidecen desangrados
por los recortes, que en una fase más avanzada, les hace invisibles. Otros muestran graves síntomas de agotamiento que les hace difícil mantenerse erguidos.
Estos pacientes están
empeorando mientras esperan en las interminables
colas del hospital y escuchan: “Es usted joven, la enfermedad se curará sola. Para
mitigar los síntomas, tome usted este antidepresivo. Pero si le devuelve la
vista deje de tomarlo. No querrá usted ver la realidad”.
El trastorno narcisista se
caracteriza por hacer del individuo una persona egoísta, engreída, manipuladora
y socialmente destructiva, con fuerte necesidad de obtener admiración y
reconocimiento. Es acrítico y desmemoriado y los casos más graves presentan
síntomas de obsesión por el dinero y el poder. No se observan escrúpulos en
ningún estadio.
Estado: moribundo. Serán
enterrados en una tumba construida de educación y valores de desguace, cultura
comprada al veintiuno por ciento. Estará rematada por un bonito friso de éxito
conseguido bajo la ley del mínimo esfuerzo y máximo beneficio privado (ley que
se reforma a gusto del consumidor). La lápida estará hecha del mejor cinismo
que se pueda importar y su epitafio rezará: “murió solo, como todos”. Justicia,
igualdad, compromiso y dignidad serán las
hermosas losas del suelo que podrán ser pisoteadas por todo aquel que celebre
la muerte del enfermo narcisista, ya que hemos observado que deja tras de sí un
ejército de personas dispuestas a cualquier cosa por contagiarse de su
enfermedad.
Corremos el riesgo de hacer que
nos circule por las venas. Si esto ocurre, no habrá remedio.
Había quienes se ocupaban de
investigar las causas de esta enfermedad y hoy disponemos de suficientes datos
sobre la misma, pero ya no quedan investigadores que puedan estudiar todos sus efectos
y se intuye que la enfermedad no ha tocado techo. Si no la combatimos con
urgencia puede mutar, ser más agresiva y estar demasiado arraigada para
extinguirla.
Aún no se conoce cura y ya no sé si llegamos a tiempo o el
paciente se nos va.
Me he tomado la pastilla y
empiezo a ver cada vez mejor. Esta es la realidad que mis ojos ven. Una
sociedad enferma.
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