En nuestro país de los idiotas nos encontramos una clase política que se siente por encima del bien y del mal.
No se ven en la necesidad de dar explicaciones y nos han hecho
normales los delitos de sinvergüenzas sin escrúpulos. Parece ser que cuando
robas mil veces y dejas que tus colegas lo hagan, ya no está tan feo. Si
aprovecho mi posición para garantizarme un puesto goloso como consejero de
algún sitio en el que haya puertas giratorias, mientras recibo cheques de los
amigos a los que hago favores millonarios, ya no está mal, porque lo hace todo
el mundo. Si no pago mis impuestos o el dinero que saqueo lo llevo a paraísos
fiscales y esto huele mal, pues legislo en consecuencia y me monto una amnistía
hecha a medida y estiro los procesos hasta el aburrimiento y me entrometo y
presiono hasta el infinito en la labor de los jueces y los trabajadores de la Hacienda Pública (que
no somos todos) logrando hacer caer a algún miembro incómodo para mis intereses.
Esto lo contamos como nos da la gana en las televisiones que pagamos todos y no
te salgas del guion que te sanciono. Púnicas, Filesas, ERE, Gürtel, Tarjetas Black,
etc. ¡Dios mío, qué aburrimiento!
Puedo seguir mucho más, pero
nos hacemos una idea. ¿Quiénes son los idiotas? (etimológicamente hablando,
claro, no quiero yo faltar a esa nueva clase noble que se ha sentado en la
butaca situada justo por encima del bien y del mal). Así es como vemos a los
políticos, como los que se han olvidado de los asuntos públicos para
preocuparse sólo de lo suyo. Esto va en contra de la esencia de lo político porque
¿dónde queda realmente la intervención del ciudadano en los asuntos públicos?
Planteé en la entrada
anterior una pregunta: ¿No hay otras fórmulas?
Sin rebuscar mucho llegué a
la tan traída y llevada Iniciativa Legislativa Popular. Pues resulta que es una
herramienta hecha para que desistas o te frustres, porque entre las
limitaciones materiales que tiene, la dificultad para recoger el medio millón
de firmas en tiempo y forma, que el Congreso tenga a bien admitirla a trámite y
las enmiendas que puedan hacerse, puede que el resultado que se derive no tenga
nada que ver con lo que se propuso. La maquinara del gobierno del cheque en
blanco y la de los que aspiran a él, se ha puesto en marcha y ha vuelto a
aplastar la voluntad de aquellos a los que pide legitimidad durante cuatro
años.
¿Alguien se acuerda del referéndum
en Suiza para limitar los sueldos más
altos?, ¿Qué hay de los ejemplos que existen de municipios que aplican presupuestos
municipales participativos? Que los hay, ¿Qué hay de las actividades de
asociaciones y asambleas ciudadanas en España?, ¿Qué hay de las mareas? Hay muchos más ejemplos a los que sólo deben
tener miedo aquellos que no tienen interés en la democracia real. Si algo nos
ha enseñado esta crisis es que se debe contar con nosotros y que las cosas
deben hacerse de manera diferente. Debemos permitir que los espacios de debate
cambien, que cambien los discursos, que cambien las estructuras obsoletas que
protegen las disciplinas de partido y sancionan la libertad de expresión y la
pluralidad.
Oponernos a las leyes dirigidas a reprimir la libertad de expresión
en las calles.
Ahora que los movimientos populares han ido tomando forma y sus acciones son cada vez más eficaces, debemos preguntarnos si la relación que existe entre el ciudadano y el estado debería cambiar.No nos sirve ya el despótico: “Tout pour le peuple, rien par le peuple” que no sé cuándo recuperamos.
Es hora de exigir espacios que fomenten la ciudadanía activa, que
propicien el diálogo entre las autoridades públicas y el ciudadano y acercar a
este las decisiones políticas que le afectan.
Nos sobra el falso paternalismo
que esconde el afán de enriquecimiento de unos pocos y que sólo nos ha traído
la mayor de las desigualdades que yo he conocido en este país.
Votemos o no, es hora de reclamar algo más. Que no nos traten como a idiotas.
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