domingo, 3 de diciembre de 2017

Generaciones.






Por ridículo que me parezca encasillar a un grupo de gente heterogéneo en una letra, a mí me tocó la X. 

Así como otras generaciones no pueden entenderse sin la radio, internet, las redes sociales, etc., mi generación no se concibe sin la tele, la EGB, la Bola de Cristal, Chicho Terremoto, el walkman y el Bic para poner al principio el cassette. Todavía sabemos qué es el PRYCA y añoramos el Tulicrem, los Chimos y la Superpop.

Los fines de semana en familia nos reunimos en casa padres, hijos y abuelos en un mismo salón. Ahora que nos gusta tanto hablar de los choques generacionales, a mí me da por pensar que no son más que pamplinas.  Miro con curiosidad a mi sobrina, nativa de la era digital que parece que nació con una tablet como extensión de su brazo y que a veces me habla diciendo: “¡Hola amiguitos y bienvenidos a mi canal! Yo sólo quiero darle un like por graciosa rematá. A su lado miro al abuelo, con una vida más activa que yo en las redes sociales y me pregunto si no tendrán más que ver esas dos personas/generaciones que la de padres e hijos.

Quisiera mirar por un agujerito y ver qué supuso para mis abuelos la tele, tener un frigo, una lavadora  o un coche. No me imagino ahora vivir sin ellos…

¿Quién no tiene en casa carretes de fotos que avergüenzan? Festivales de hombreras, chorreras, gafas, pantalones de campana, cinturas por debajo de los sobacos, calcetines blancos, tachuelas, lentejuelas, terciopelos, estampados, plataformas o todo a la vez; aderezado con un gran bigote, una buena permanente con flequillo estirado y grandes cardados de laca Nelly. Salid a la calle ahora y mirad. ¿De verdad que hay alguna diferencia?

No dejamos de cuestionar a la juventud, en ocasiones injustamente. A esta generación digital a la que le importan los políticos un pimiento, porque nada tienen que ver con ellos; que buscan la satisfacción inmediata y si no la logran se frustran, acostumbrados a quererlo todo y tenerlo rápido. 

Esta generación encorsetada por el sistema económico heredado, que se hace abanderada del Bla Bla Car y alquilan en Airbnb, comparten Netflix y se buscan las castañas lo mejor posible evitando que su vida social y virtual se vea afectada por su bajo nivel adquisitivo (por lo menos que no lo parezca en los selfies).

Esta generación de chavales que, con una muy cuestionada educación dentro y fuera de las aulas, gustan de un exhibicionismo digital, amparados por el suficiente anonimato y publicidad  como para ser capaces de las cosas más increíbles y más deplorables. Tienen canales de Youtube donde expresan su forma de ver el mundo (a veces absurda y otras afortunada y creativa), cuentan sus propias historias reales o inventadas en Instagram, Twiter o Facebook y se han dado para ellos unos espacios de desarrollo personal que a veces hasta le reportan beneficios (económicos o sociales). Es difícil así que se sientan cómodos en los encorsetados horarios de una empresa (y más de la empresa al estilo español de silla caliente y ascenso complicado).

Llevan un estilo de vida con el que pretenden alejarse del futuro hipotecado que dejamos e intentan ir un paso más allá buscando conciliar  su vida laboral, estilo familiar, su ocio y su vida en la red siendo todos, aspectos esenciales para ellos.

Me incluyo cuando digo que es más fácil criticarlos, quizá porque solemos confundirlos injustamente con ninis o quizá porque sencillamente no los entendemos. ¿Cómo pueden no interesarse por lo que pasa en el mundo, ser tan impacientes, pasar horas delante de un ordenador sin hacer nada? Estos críos…

Lo que nos perturba es que no vean el mundo igual que lo ve uno mismo y aunque sí que hay chavales sin interés por nada (como en mi generación y en la de mis padres) también los hay y muchos, despiertos, inquietos, con ganas de comerse el mundo y manifestarlo con las herramientas de las que disponen.

¿Acaso la impaciencia no es un defecto de juventud que se corrige con el tiempo? Todos  hemos pecado de correr y abarcar más de lo que hemos podido cuando los años parecen eternos y tenemos la vida por delante.

Habría que molestarse en cambiarnos los zapatos los unos con los otros.

Dar pasos adelante en esta sociedad es difícil y más cuando sabes que la tuya es la primera generación que vivirá peor que sus padres. Cuando aún no hemos conseguido cosas básicas como la igualdad, corresponsabilidad, conciliación, etc., resulta que ellos ya no se conforman con esto, porque mis preocupaciones no son las suyas y a cada generación le toca ir poniendo sobre la mesa sus reivindicaciones, buscando ir más allá. Así se evoluciona.

El otro día releía “Historia de una escalera”, con sus mentiras y con sus chismes de cansinillo, con su realidad cotidiana de jóvenes y viejos, de padres e hijos que luego son padres de hijos que, en una nueva época vuelven a tropezar en esas mismas piedras que siempre han estado ahí. La inquietud, la prisa por el cambio, la novedad, los cliches, los tiempos que corren.

Al final, la vida que pasa aunque no la entendamos ni nos entendamos.


En fin, como diría mi sobrina: “Ya sabéis, amiguitos. Si os ha gustado dadle un like”.

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