Por ridículo
que me parezca encasillar a un grupo de gente heterogéneo en una letra, a mí me
tocó la X.
Así como otras generaciones no pueden entenderse sin la radio,
internet, las redes sociales, etc., mi generación no se concibe sin la tele, la
EGB, la Bola de Cristal, Chicho Terremoto, el walkman y el Bic para poner al
principio el cassette. Todavía sabemos qué es el PRYCA y añoramos el Tulicrem,
los Chimos y la Superpop.
Los
fines de semana en familia nos reunimos en casa padres, hijos y abuelos en un
mismo salón. Ahora que nos gusta tanto hablar de los choques generacionales, a
mí me da por pensar que no son más que pamplinas. Miro con curiosidad a mi sobrina, nativa de
la era digital que parece que nació con una tablet como extensión de su brazo y
que a veces me habla diciendo: “¡Hola amiguitos y bienvenidos a mi canal! Yo
sólo quiero darle un like por graciosa rematá. A su lado miro al abuelo, con
una vida más activa que yo en las redes sociales y me pregunto si no tendrán
más que ver esas dos personas/generaciones que la de padres e hijos.
Quisiera
mirar por un agujerito y ver qué supuso para mis abuelos la tele, tener un
frigo, una lavadora o un coche. No me
imagino ahora vivir sin ellos…
¿Quién
no tiene en casa carretes de fotos que avergüenzan? Festivales de hombreras,
chorreras, gafas, pantalones de campana, cinturas por debajo de los sobacos,
calcetines blancos, tachuelas, lentejuelas, terciopelos, estampados,
plataformas o todo a la vez; aderezado con un gran bigote, una buena permanente
con flequillo estirado y grandes cardados de laca Nelly. Salid a la calle ahora
y mirad. ¿De verdad que hay alguna diferencia?
No
dejamos de cuestionar a la juventud, en ocasiones injustamente. A esta
generación digital a la que le importan los políticos un pimiento, porque nada
tienen que ver con ellos; que buscan la satisfacción inmediata y si no la logran
se frustran, acostumbrados a quererlo todo y tenerlo rápido.
Esta generación encorsetada
por el sistema económico heredado, que se hace abanderada del Bla Bla Car y
alquilan en Airbnb, comparten Netflix y se buscan las castañas lo mejor posible
evitando que su vida social y virtual se vea afectada por su bajo nivel
adquisitivo (por lo menos que no lo parezca en los selfies).
Esta
generación de chavales que, con una muy cuestionada educación dentro y fuera de
las aulas, gustan de un exhibicionismo digital, amparados por el suficiente
anonimato y publicidad como para ser
capaces de las cosas más increíbles y más deplorables. Tienen canales de
Youtube donde expresan su forma de ver el mundo (a veces absurda y otras
afortunada y creativa), cuentan sus propias historias reales o inventadas en
Instagram, Twiter o Facebook y se han dado para ellos unos espacios de desarrollo
personal que a veces hasta le reportan beneficios (económicos o sociales). Es
difícil así que se sientan cómodos en los encorsetados horarios de una empresa
(y más de la empresa al estilo español de silla caliente y ascenso complicado).
Llevan
un estilo de vida con el que pretenden alejarse del futuro hipotecado que
dejamos e intentan ir un paso más allá buscando conciliar su vida laboral, estilo familiar, su ocio y su
vida en la red siendo todos, aspectos esenciales para ellos.
Me
incluyo cuando digo que es más fácil criticarlos, quizá porque solemos
confundirlos injustamente con ninis o
quizá porque sencillamente no los entendemos. ¿Cómo pueden no interesarse por
lo que pasa en el mundo, ser tan impacientes, pasar horas delante de un
ordenador sin hacer nada? Estos críos…
Lo
que nos perturba es que no vean el mundo igual que lo ve uno mismo y aunque sí
que hay chavales sin interés por nada (como en mi generación y en la de mis
padres) también los hay y muchos, despiertos, inquietos, con ganas de comerse
el mundo y manifestarlo con las herramientas de las que disponen.
¿Acaso
la impaciencia no es un defecto de juventud que se corrige con el tiempo? Todos
hemos pecado de correr y abarcar más de
lo que hemos podido cuando los años parecen eternos y tenemos la vida por
delante.
Habría que molestarse en cambiarnos los
zapatos los unos con los otros.
Dar
pasos adelante en esta sociedad es difícil y más cuando sabes que la tuya es la
primera generación que vivirá peor que sus padres. Cuando aún no hemos
conseguido cosas básicas como la igualdad, corresponsabilidad, conciliación, etc.,
resulta que ellos ya no se conforman con esto, porque mis preocupaciones no son
las suyas y a cada generación le toca ir poniendo sobre la mesa sus reivindicaciones,
buscando ir más allá. Así se evoluciona.
El
otro día releía “Historia de una escalera”, con sus mentiras y con sus chismes
de cansinillo, con su realidad cotidiana de jóvenes y viejos, de padres e hijos
que luego son padres de hijos que, en una nueva época vuelven a tropezar en
esas mismas piedras que siempre han estado ahí. La inquietud, la prisa por el
cambio, la novedad, los cliches, los tiempos que corren.
Al
final, la vida que pasa aunque no la entendamos ni nos entendamos.
En
fin, como diría mi sobrina: “Ya sabéis, amiguitos. Si os ha gustado dadle un
like”.

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