¿Y si me hubieran enseñado que yo
y las mías nunca seríamos tratadas igual? Y si me hubieran dicho que llegaría
el momento en que no ya no sería divertido…
Si te lo pones parecerás una puta.
Te verán como una buscona. Ella lo habrá provocado. Déjalo que lo haga ella. Es
su obligación. Quién va a querer a una tía así. Son todas unas histéricas,
derrochadoras, parlanchinas, sentimentales… Lo siento. Pero los tópicos están
anticuados y aburren soberanamente. Y sí, los tópicos sobre ellos son igual de
vulgares y estúpidos. Y cada vez son menos divertidos.
No me ha cogido desprevenida ver
como un hombre casado es una figura respetable y estable mientras que una mujer
casada es un riesgo de embarazo. ¡Sí, señoras y señores, un riesgo! Nosotras
parimos a vuestras hijas e hijos. La naturaleza nos dotó de esa capacidad. Hay
culturas que veneran esa condición. Pero la nuestra no la respeta, la condena. ¡Disculpadnos
por ello! La religión en la que fui educada relegó a la mujer, creada de la
costilla varonil, a la condición de pecadora original, a sufrir la culpa del
destierro eterno, a ser actriz secundaria, a ser la prostituta libre de ser
lapidada por sus inmoralidades. Los anuncios de la tele nos siguen poniendo
delantales, lejía en mano, pechos voluptuosos, al cuidado de los niños y a la
espera del hombre que llega agotado de trabajar.
No me sorprende que se siga
prefiriendo al hombre antes que a la mujer (hasta para reinar en este país lo
preferimos). Se han ocupado de convencernos de que resulta demasiado caro darnos las mismas oportunidades. “Seguro que una mujer no es buena en ciencias, lo nuestro son las
humanidades y las artes”. Podemos hacer lo que queramos hacer. Las mujeres NO estamos
programadas para las labores del hogar, pero además ahora que creímos haber
logrado independizarnos económicamente y quitarnos de encima el lastre de la
sumisión económica que nos oprimía y era justificación para todo, trabajamos
condicionadas por tener que competir al mismo nivel. Y trabajamos por menos
dinero, y sacrificamos nuestro tiempo de descanso para trabajar en casa, para
cuidar niños, para hacer “cosas de mujeres”. Ver como un hombre corre los doscientos metros lisos y las mujeres los
doscientos obstáculos.
Nada tengo que decir a aquellas
personas que critican la discriminación positiva, porque no son capaces de ver
los datos abrumadores de violencia de género, de techo de cristal, de brecha
salarial, de sacrificio de puesto de trabajo para hacerse cardo de niños y
personas dependientes, permisos de maternidad y paternidad... Nada tengo que
decir a aquellas personas que educan en la desigualdad y la justifican. Que se
burlan o restan importancia.
Me cansa imaginar mi futuro, mi
carrera de obstáculos personal y ser consciente de a cuántas cosas tendré que
renunciar para tener otras y seguir sin entender por qué debe ser así. Ver como
cada día se ningunea y trata sin respeto a la mitad de la población y ver cómo
en esta sociedad patriarcal y machista se toman decisiones sobre ellas sin
tener en cuenta qué quieren y necesitan ellas es frustrante. La escasez de
fondos no justifica el descalabro de igualdad, hay un trasfondo más complejo y
hay que sacar la basura de debajo de las alfombras, o vamos a seguir pagando un
alto precio.
A los que me alegarán que hay de excepciones, yo les digo que sí, afortunadamente las hay y ojalá dejaran de serlo y, sí, también las hay para mal, y que sigan siendo excepciones siempre, Ojalá los datos sean otros algún día y vivamos para contarlo. Ojalá no tuviera la obligación de decidir a qué renuncio en mi desarrollo como persona. Ojalá nunca hubiera tenido que aprender que no soy igual.
Eso no es lo que me enseñaron en casa y quiero desaprenderlo y no tener que enseñarlo jamás.

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