Recuerdo esos días en los que nos
las prometíamos felices. En los que todo era posible casi con desearlo. Una
mesa de una cafetería en la que debatíamos sobre cómo arreglar el mundo. Esos
días en los que creí ver claro un futuro.
Y comencé a dar pasos en
asociaciones que parecían hacer cosas que merecían la pena. Y todo me llevó al
mundo de las ONGD donde me enseñaron mucho; también que desde la ingenuidad no
se avanza y que las buenas intenciones se las lleva el que está allí sólo por
los réditos particulares. ¿Quiere decir que todo lo que se hace está mal? No.
Hay mucha gente muy bien formada, con buenos proyectos y capacidad de sacarlos
adelante. Pero creo que hace falta una vuelta de ideas a las debilidades que
sufren las organizaciones y potenciar las fortalezas.
Pretendidamente independientes de
ideario, no lo son tanto en lo económico y han acabado siendo, muchas de ellas,
meros instrumentos de las políticas sociales y de exterior del gobierno de
turno. Compitiendo por el pastel de un monto económico presupuestado para tales
o cuales líneas, proyectos, países, predeterminados por unos intereses ajenos,
en muchas ocasiones, a los propios objetivos de la asociación. Dinero que se
lleva el que mejor se adapta a los perfiles que reclaman las Administraciones
Públicas. He visto la atomización de asociaciones que, al optar al mismo
premio, dejaban en un segundo plano la labor social y aspiraban a ganar la carrera
de las subvenciones. El pastel se repartía entre un número cada vez mayor de
actores que desarrollaban proyectos menores y de efectos menos relevantes. El
control sobre el impacto se resumía en un cartel bien grande que dijera quién era
el financiador.
Son pocas las asociaciones que se
sustentan por sus propios medios y las pequeñas no pueden permitirse
profesionales que gestionen sus cuentas ni competir en igualdad de condiciones
con otras. Las exigencias y controles técnicos son cada vez mayores y sin
embargo, existe la creencia de que una ONG se sustenta sólo de buena voluntad.
¿Por qué cobran y no lo hacen gratis? Porque se requieren buenos profesionales
con dedicación temporal. Por eso tienen que cobrar.
La época de bonanza y vacas
flacas nos sobrevino a todos. El sector no se libró y los proyectos dejaron de
ser posibles. Fuera quedaron también lacras como el “turisteo de cooperación” de
los que aprovechaban una ONG para vivir una experiencia en otro país y no
incidir en las cosas que importan. Gente que ha empañado la dedicación, el
sacrificio, la vocación de algunas personas entregadas, trabajadoras y
convencidas que tengo la suerte de haber conocido. Personas por las que merece
la pena seguir luchando.
Con la drástica disminución presupuestaria,
¿dónde ha quedado la independencia de las ONG’s? ¿Cuántas han conseguido
mantener el tipo? Las que se permitieron un margen para su reinvención y las
que tienen su capacidad económica propia bien cubierta.
Habrá mucha gente que no comparta
esto que escribo. Es cierto que sólo son pinceladas que no profundizan como
deberían. Pero sólo es un comentario en un blog (y no da para mucho) en el que
me permito gritar que ya está bien de complejos. Hay que repensar el modelo y
dejarnos de debates por el nombre o por definir lo que somos o no somos. Porque
si bien una empresa no es una ONG y una ONG no es una empresa, he podido ver que,
con voluntad, una empresa puede ser social y justa (que no es sólo usar papel
reciclado y poner logos verdes) y que una ONG puede funcionar como la peor y
cruel de las empresas. En ambos casos, todo depende del rastro que cada una
quiera dejar con su labor. ¿Nos da miedo ser empresas sociales? ¡Otra vez con
los nombres!
¿Por qué no dotar a las
asociaciones de herramientas REALES que permitan libertad económica sin que los
beneficios deriven en enriquecimiento injusto y sí se destinen al logro de fines
sociales? ¿Por qué no repensamos el ánimo de lucro?, ¿Por qué no pensamos las
figuras legales, sus requisitos, sus obligaciones y derechos? Existen medios de
control, códigos éticos, leyes que permiten la rectitud de los procesos. No
hacen falta paternalismos ni egos y sí profesionales formados (que los hay).
Planteemos un debate serio. No
nos hace daño buscar la fórmula que nos permita la suficiente independencia
para denunciar injusticias, sin depender necesariamente de subvenciones
públicas de administraciones que usan a las asociaciones para suplir las que
deberían ser sus políticas, con un coste más económico, a modo de subcontrata
con otro formato legal. Dejemos de trabajar para las administraciones y
hagámoslo para la gente en base a nuestros principios.
Los que me conocen saben que, para mí, la reflexión
es más profunda que esto, con más aristas, matices, dificultades y complejas
conclusiones, lo que me resulta muy doloroso por la decepción de lo vivido. Pero
yo sigo repensando cada día la huella que quiero dejar, aunque me borre el
viento.

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