jueves, 16 de julio de 2015

Cuando me borre el viento







Recuerdo esos días en los que nos las prometíamos felices. En los que todo era posible casi con desearlo. Una mesa de una cafetería en la que debatíamos sobre cómo arreglar el mundo. Esos días en los que creí ver claro un futuro.


Y comencé a dar pasos en asociaciones que parecían hacer cosas que merecían la pena. Y todo me llevó al mundo de las ONGD donde me enseñaron mucho; también que desde la ingenuidad no se avanza y que las buenas intenciones se las lleva el que está allí sólo por los réditos particulares. ¿Quiere decir que todo lo que se hace está mal? No. Hay mucha gente muy bien formada, con buenos proyectos y capacidad de sacarlos adelante. Pero creo que hace falta una vuelta de ideas a las debilidades que sufren las organizaciones y potenciar las fortalezas.

Pretendidamente independientes de ideario, no lo son tanto en lo económico y han acabado siendo, muchas de ellas, meros instrumentos de las políticas sociales y de exterior del gobierno de turno. Compitiendo por el pastel de un monto económico presupuestado para tales o cuales líneas, proyectos, países, predeterminados por unos intereses ajenos, en muchas ocasiones, a los propios objetivos de la asociación. Dinero que se lleva el que mejor se adapta a los perfiles que reclaman las Administraciones Públicas. He visto la atomización de asociaciones que, al optar al mismo premio, dejaban en un segundo plano la labor social y aspiraban a ganar la carrera de las subvenciones. El pastel se repartía entre un número cada vez mayor de actores que desarrollaban proyectos menores y de efectos menos relevantes. El control sobre el impacto se resumía en un cartel bien grande que dijera quién era el financiador.

Son pocas las asociaciones que se sustentan por sus propios medios y las pequeñas no pueden permitirse profesionales que gestionen sus cuentas ni competir en igualdad de condiciones con otras. Las exigencias y controles técnicos son cada vez mayores y sin embargo, existe la creencia de que una ONG se sustenta sólo de buena voluntad. ¿Por qué cobran y no lo hacen gratis? Porque se requieren buenos profesionales con dedicación temporal. Por eso tienen que cobrar.

La época de bonanza y vacas flacas nos sobrevino a todos. El sector no se libró y los proyectos dejaron de ser posibles. Fuera quedaron también lacras como el “turisteo de cooperación” de los que aprovechaban una ONG para vivir una experiencia en otro país y no incidir en las cosas que importan. Gente que ha empañado la dedicación, el sacrificio, la vocación de algunas personas entregadas, trabajadoras y convencidas que tengo la suerte de haber conocido. Personas por las que merece la pena seguir luchando.

Con la drástica disminución presupuestaria, ¿dónde ha quedado la independencia de las ONG’s? ¿Cuántas han conseguido mantener el tipo? Las que se permitieron un margen para su reinvención y las que tienen su capacidad económica propia bien cubierta.

Habrá mucha gente que no comparta esto que escribo. Es cierto que sólo son pinceladas que no profundizan como deberían. Pero sólo es un comentario en un blog (y no da para mucho) en el que me permito gritar que ya está bien de complejos. Hay que repensar el modelo y dejarnos de debates por el nombre o por definir lo que somos o no somos. Porque si bien una empresa no es una ONG y una ONG no es una empresa, he podido ver que, con voluntad, una empresa puede ser social y justa (que no es sólo usar papel reciclado y poner logos verdes) y que una ONG puede funcionar como la peor y cruel de las empresas. En ambos casos, todo depende del rastro que cada una quiera dejar con su labor. ¿Nos da miedo ser empresas sociales? ¡Otra vez con los nombres!

¿Por qué no dotar a las asociaciones de herramientas REALES que permitan libertad económica sin que los beneficios deriven en enriquecimiento injusto y sí se destinen al logro de fines sociales? ¿Por qué no repensamos el ánimo de lucro?, ¿Por qué no pensamos las figuras legales, sus requisitos, sus obligaciones y derechos? Existen medios de control, códigos éticos, leyes que permiten la rectitud de los procesos. No hacen falta paternalismos ni egos y sí profesionales formados (que los hay).

Planteemos un debate serio. No nos hace daño buscar la fórmula que nos permita la suficiente independencia para denunciar injusticias, sin depender necesariamente de subvenciones públicas de administraciones que usan a las asociaciones para suplir las que deberían ser sus políticas, con un coste más económico, a modo de subcontrata con otro formato legal. Dejemos de trabajar para las administraciones y hagámoslo para la gente en base a nuestros principios.

Los que  me conocen saben que, para mí, la reflexión es más profunda que esto, con más aristas, matices, dificultades y complejas conclusiones, lo que me resulta muy doloroso por la decepción de lo vivido. Pero yo sigo repensando cada día la huella que quiero dejar, aunque me borre el viento.

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