Esta mía, va a ser una reflexión
hecha desde el más profundo respeto y la más intensa tristeza ante la barbarie
de este fin de semana en París. Vaya esto por delante.
Recuerdo haber leído hace unas
semanas el dolor de una amiga turca horrorizada por la masacre producida en
Ankara. Recuerdo hace unos días haber visto la noticia de un atentado en Beirut
y me veo a mí misma, todo este tiempo atrás, escuchando y leyendo las noticias que
vienen de fuera, con la sensación de que el mundo está loco y, aún peor,
asumiendo como normal esa locura. Nos hemos vuelto insensibles. La sangre no
nos corre por las venas, se desparrama por el suelo y la miramos impasibles.
Atacan París, mueren muchas
personas: hijos de alguien, padres, hermanos, amigos de alguien. Y se nos rompe
el corazón en mil pedazos, no hay lágrimas suficientes y no hay explicación que nos consuele. Hoy fue París pero bien pudo haber sido Madrid,
tu barrio, tu amigo. Y ahora sí, todos vemos. Ahora se nos cayó la venda que
nos cegaba. Dejamos de ver la normalidad de la locura y vemos la barbarie de la
misma. Nos olvidamos que en otras partes del mundo mueren otros hijos de
alguien, padres, hermanos, amigos de alguien, cada día a mano de esos mismos que reivindican esta barbarie fanática.
Cada día.
Esta es una cruel forma de
despertar, de abrirnos los ojos. Pero es que no podemos permanecer impasibles
en nuestra burbuja, ignorando que el mundo se desangra. No podemos ignorar los
problemas mientras no nos llamen a la puerta, porque los problemas siempre
llegan, no avisan y se cuelan hasta el corazón mismo y lo aprietan hasta que
deja de latir.
No todo vale y no todo está
justificado. Las políticas económicas, comerciales y de expansión, erróneas, delictivas y crueles, no justifican empobrecer al mundo
hasta la miseria, ponerlo en pie de guerra, vender armas indiscriminadamente y
esperar que todo ese sinsentido, que unos pocos inconscientes han planeado en pro de nuestro beneficio, no
se transforme en ríos sangre que se vierten en muchos países del mundo que
sufren lo que estamos sufriendo hoy en Europa, y lo que es peor,
esperar que esa sangre no acabe salpicándonos. Todo en el mundo es global, y el
color rojo de la sangre también.
Disculpadme pero no me apetece
hacer más crítica política ni ir más allá en esta reflexión.
Ojalá tengamos memoria, nos
acordemos de las consecuencias y seamos capaces de medir los actos antes de
emprender caminos inciertos. Ojalá veamos el sufrimiento del mundo y una vida
europea, mi propia vida, valga lo mismo que la de aquel que se levanta cada día,
en cualquier parte del mundo, sin saber si
volverá a levantarse y ver la luz del sol.
Ojalá toda barbarie y locura nos haga recuperar la conciencia.
Ojalá
podamos mirarnos a los ojos y ver algo que se parezca a la esperanza.
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