lunes, 16 de noviembre de 2015

Algo que se parezca a la esperanza




Esta mía, va a ser una reflexión hecha desde el más profundo respeto y la más intensa tristeza ante la barbarie de este fin de semana en París. Vaya esto por delante.


Recuerdo haber leído hace unas semanas el dolor de una amiga turca horrorizada por la masacre producida en Ankara. Recuerdo hace unos días haber visto la noticia de un atentado en Beirut y me veo a mí misma, todo este tiempo atrás, escuchando y leyendo las noticias que vienen de fuera, con la sensación de que el mundo está loco y, aún peor, asumiendo como normal esa locura. Nos hemos vuelto insensibles. La sangre no nos corre por las venas, se desparrama por el suelo y la miramos impasibles.

Atacan París, mueren muchas personas: hijos de alguien, padres, hermanos, amigos de alguien. Y se nos rompe el corazón en mil pedazos, no hay lágrimas suficientes y no hay explicación que nos consuele.  Hoy fue París pero bien pudo haber sido Madrid, tu barrio, tu amigo. Y ahora sí, todos vemos. Ahora se nos cayó la venda que nos cegaba. Dejamos de ver la normalidad de la locura y vemos la barbarie de la misma. Nos olvidamos que en otras partes del mundo mueren otros hijos de alguien, padres, hermanos, amigos de alguien, cada día a mano de esos mismos que reivindican esta barbarie fanática.

Cada día.

Esta es una cruel forma de despertar, de abrirnos los ojos. Pero es que no podemos permanecer impasibles en nuestra burbuja, ignorando que el mundo se desangra. No podemos ignorar los problemas mientras no nos llamen a la puerta, porque los problemas siempre llegan, no avisan y se cuelan hasta el corazón mismo y lo aprietan hasta que deja de latir.

No todo vale y no todo está justificado. Las políticas económicas, comerciales y de expansión,  erróneas, delictivas y crueles, no justifican empobrecer al mundo hasta la miseria, ponerlo en pie de guerra, vender armas indiscriminadamente y esperar que todo ese sinsentido, que unos pocos inconscientes han planeado en pro de nuestro beneficio, no se transforme en ríos sangre que se vierten en muchos países del mundo que sufren lo que estamos sufriendo hoy en Europa, y lo que es peor, esperar que esa sangre no acabe salpicándonos. Todo en el mundo es global, y el color rojo de la sangre también.

Disculpadme pero no me apetece hacer más crítica política ni ir más allá en esta reflexión.

Ojalá tengamos memoria, nos acordemos de las consecuencias y seamos capaces de medir los actos antes de emprender caminos inciertos. Ojalá veamos el sufrimiento del mundo y una vida europea, mi propia vida, valga lo mismo que la de aquel que se levanta cada día, en cualquier parte del mundo,  sin saber si volverá a levantarse y ver la luz del sol.
Ojalá toda barbarie y  locura nos haga recuperar la conciencia. 

Ojalá podamos mirarnos a los ojos y ver algo que se parezca a la esperanza.

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