Como cuando pasa un huracán mil veces anunciado. Mil veces
ignorado.
No será para tanto, se decían algunos. Pero tras el huracán,
¿cómo gestionamos lo que nos queda?
Tras los desastres,
el silencio se apodera de todo mientras observas cuál es el panorama que ha quedado
a tu alrededor. Y sin embargo, entre los restos del huracán asistimos a una
curiosa escena de triles. ¿Bajo qué cubo
estará la pelotita? Todo dependerá de quién sea mejor trilero y manipule mejor.
Todo dependerá de quién sea el mejor encantador de serpientes, el funámbulo que
mejor se mantenga en la cuerda floja sin caer o el mago que cree la mejor
ilusión. Así son las reglas de este circo de cuyas pistas acabamos de ser
conscientes.
Después del huracán, cada uno se presenta ante nosotros para hablar de su libro: “hemos ganado”, “no
hemos perdido”, “la ley electoral es injusta”, “irrenunciable e ineludible”, “yo
me presenté pero no quiero saber nada de vosotros salvo que me dejéis irme”, “yo
ya no estoy”, “lio”…
Es cierto, las cuentas no salen. Cuando uno y uno suman dos,
pero me gustaría que sumaran como tres, es que las cosas no han ido bien. Ahora
las cuentas que de verdad importan a los políticos se han salido de traste. Los
números son los que les hemos puesto sobre la mesa, porque así hemos hablado
nosotros, bajo un sistema que no termina de representar la verdadera pluralidad
de un país muy diverso, con tantas realidades e ideas como personas lo habitan
o lo añoran desde donde estén. Personas que han tenido muchas más opciones
reales que dibujaban un arco iris de colores más allá del blanco o negro (o azul
o rojo). Así es como hemos podido decirles que las cuentas lleven mucho más
tiempo sin salir.
Hemos “disfrutado” de subidas, de descalabres, de montañas
rusas en las estadísticas. Nos han presentado grandes cifras, pequeñas cifras,
redondeadas al alza o a la baja según convenía. Esa fea costumbre de tratar con
números ha hecho que sólo seamos eso: un número, una estadística. Y al final,
nuestros políticos se han convertido en eso mismo que somos nosotros para ellos,
números, pero números que no suman: 123, 90, 69, 40, 9, 8, 6, 2, 2, 1.
¿Qué hacemos con esto ahora?
Lo siento por los apocalípticos y por los eufóricos. Lo
siento por aquellos que aún creen que están en posesión de la verdad absoluta.
Lo siento por los que dicen saber tanto de política que juegan a ese juego y
pierden. Lo siento por los que no vieron que la realidad es un trabajo que no
hay, un sueldo que no llega, una pensión que se estira, una calefacción que no
calienta, un banco de alimentos que no alimenta. La realidad es el vacío que
deja el emigrante y el niño que no nace. La realidad es la pequeña empresa que
cumple hasta la extenuación sus obligaciones y la gran empresa que exige que se
relajen las obligaciones para exprimir hasta la extenuación. La realidad somos tú,
yo, nuestros impuestos y Suiza. La realidad es mucha y variada. Tanto como el
resultado de las elecciones.
Que no sufra nadie, que la Europa, que mil veces ha mostrado
su solidaridad y respeto por la soberanía de los países que la componen, nos cuidará,
acunará y dormirá hasta que creamos que el fantasma de la deuda ha desaparecido
de nuestras vidas. Hasta que creamos que de verdad somos libres para decidir.
Quiero pensar que ahora, después del huracán o de lo que
algunos han creído caos o lío, las cosas empiezan a ponerse en su lugar, aunque
ese lugar no nos acomode a ninguno.
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