La condescendencia, en una de sus
acepciones, hace referencia al deseo de complacer o acomodarse a la voluntad de
otra persona, pero es en su otro sentido en el que me detengo, en esa
amabilidad forzada que nace del sentimiento de superioridad.
Hoy me resultaría fácil hacer un
discurso sobre la condescendencia y sobre cómo las mujeres soportamos ser
blanco de ella demasiado a menudo. Cómo algunos hombres e incluso mujeres, desde
la altura de su estupidez y el púlpito de su ignorancia, nos explican las cosas
porque creen que no somos lo suficientemente inteligentes, formadas, dispuestas,
expertas, valientes o fuertes como para entender la realidad del mundo que nos
rodea. Hoy sería demasiado fácil escribir sobre la mediocridad de aquellos que
desearían poder volver a subyugar mis derechos, mis obligaciones y mis
opciones. Siempre por nuestro bien, porque sin la “desinteresada” supervisión
de algunos, qué sería de nosotras. Seríamos animalicos perdidos en un mar de
dudas, necesitadas de aprobación y permiso constante para hacer las cosas como
se debe, ¡cómo Dios manda!
Sin duda, muchos hombres se incomodarán al leer esto, pero no lo
escribo para los ofendidos. Lo escribo para aquellos otros que se han subido a
nuestro carro. Aquellos que han asumido que no se puede vivir contra nosotras
sino que la lucha es a nuestro lado. Aquellos que han entendido que somos
iguales pero que no disfrutamos en plano de igualdad de los mismos privilegios
y obligaciones. Aquellos que ven cada día nuestros pequeños logros y las
cabriolas que hacemos para superar los obstáculos. Aquellos que buscan allanar
el camino y no seguir alimentando el mismo círculo vicioso que nos mantiene en
un plano distinto como ciudadanas de segunda. Me dirijo a los que entienden que
otro tipo de hombre es posible sin ser menos hombre. A ese que mira a los ojos
a una mujer sin intentar dominarla o aleccionarla alimentando sus inseguridades.
Aquellos que se han dado cuenta que la única actitud que vale en esta relación
es la igualdad y quieren andar a nuestro lado, con nuestro mismo paso.
Pero no solo a ellos, también me
dirijo a ellas, a las que todavía no han entendido qué es ser feminista y por
qué hay que estar en este lado. Es sencillo. Es el único en el que cabemos
todos.
Admiro a esa mujer y a ese hombre
que renuncia a la tranquilidad social y no evita la confrontación cuando se
trata de ser responsable y denunciar falsedades, comportamientos intolerables,
actitudes arrogantes o violentas. Siempre es más fácil decir que no va con uno.
Es más cómodo arrellanarnos en la silla del “no va conmigo”. ¡Qué lo haga otro!
Y sin embargo, esa actitud genera una nube tóxica que impregna todo, que vicia
nuestra manera de relacionarnos los unos con los otros, que nos acaba
asfixiando. Nos definen nuestros actos y la ausencia de ellos por igual.
A veces me apena darme cuenta de
que, ante los ojos de la sociedad, un hombre que habla de feminismo como si
habla de la menstruación, es más creíble que una mujer. Ahí está el quid de la
cuestión. La credibilidad. Virtud que se empeñan en negarnos. “Algo habremos
hecho…”. Frase cruel.
Pero ahí seguiremos, luchando
contra la condescendencia e intentando averiguar qué más debe hacer una mujer
para que se nos crea. Quizá seas tú, tú que no nos crees, tú que no lo ves,
quien deba cambiar su forma de mirar.
El camino es largo pero es mucho mejor si lo camino a tu lado, ya seas hombre o mujer, porque esta lucha no es solo cosa nuestra.
El feminismo es el único lado en el que cabemos todos��
ResponderEliminarLas interrogaciones son un emoticono de sonrisa que no se ha recogido jejeje. No es una pregunta es una afirmación!!! Rotunda además
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