He perdido mi móvil. En pleno
cabreo por mi gran torpeza y apagón de la tecnología, se sucedieron algunos
hechos que me han llevado a esta reflexión.
Con la firme intención de
solucionar mi problema fui a echar un vistazo a algunos terminales. Ya en la
tienda una chica muy amable me muestra las características de unos y otros. Me
dice que si tengo la tarjeta puedo salir de allí con el móvil en
funcionamiento. Le cuento que es imposible, que lo he perdido y que aún no me
ha llegado el duplicado. Ella me mira sorprendida y con aire muy
condescendiente comenta: “¡Ay! Es que con estas cosas tienes que ser más pícara”.
Si contrataba el seguro me cubría la reparación o me proporcionaban uno nuevo en
algunos casos concretos. Uno de ellos el robo. Ingenuamente le digo que mi
problema es que no ha habido robo y que si yo alego al vendedor que me han
robado, no sería suficiente. Ella me confirma que no lo sería y me vuelve a
insistir en que hay que ser pícara. En resumen, que ser pícaro para esta chica
tan amable, que me quería vender un seguro, era que, llegado el caso, yo lo
estafara interponiendo una falsa denuncia de robo. Lo más gracioso era el tono
condescendiente que empleó, como si aquello que me estaba contando fuera lo más
normal del mundo. Yo diría más, que es lo más lógico y lo que haría cualquier
persona con dos dedos de frente. Mi cara era un poema.
Si a estas pequeñas escalas somos
tan permisivo con el delito y la estafa sólo me queda pensar que nuestro
problema es que no estamos en el momento idóneo en el sitio apropiado. Si lo
estuviéramos, cualquiera de nosotros estaría en los titulares de prensa de
cualquiera de las tramas de corrupción que estamos cansados de oír en la tele.
Y estos nos cansa porque cuando la vaca es flaca es cuando solemos envidiar al
que está mejor (y solemos hacerlo sin ningún espíritu crítico). No solemos
alabar al que por su proceder correcto ha conseguido mantenerse a flote. No. Es
más fácil escuchar aquello de que si yo
estuviera ahí enchufaría a los míos o si
todos se lo llevan yo no sería menos. Hemos hecho oídos sordos y mirado
hacia otro lado con la muy deseada esperanza de poder estar en disposición de
beneficiarnos, como todos hacen, de lo que no es de nadie. Y seguimos
prefiriendo culpar a otros de mis problemas, sin asumir que hemos sido
demasiado permisivos y no hemos visto mal actitudes plenamente reprobables.
Lo público es de todos y es
misión de todos su defensa y su cuidado. Lo público sale de
todos nuestros bolsillos, son nuestros patrimonios naturales, nuestras materias
primas, es la tierra, son nuestros recursos, nuestros servicios.
A mí no me vale que digan que sí,
que se han llevado mucho pero que también han hecho mucho. Excusas de mal
pagador. Son migajas lo que dejan después de engordar el pícaro su orgullo, su soberbia
y sus cuentas en paraísos fiscales. Un buen criterio a la hora de gestionar lo
público redunda en beneficios para todos y eso es lo que deberíamos defender con
uñas y dientes. Ya está bien de paparruchas, de decir que no es tan grave, que
no se ha matado a nadie y que hay cosas peores. Ya está bien de victimismos. No
seamos tan condescendientes con el sinvergüenza, el delincuente y con nosotros
mismos y dejemos de engañarnos.
Es cierto que Lazarillo de Tormes
no se escribió por casualidad y que no es sólo flor de nuestros días. Espero
que en los tiempos que corren y viendo como nos ha lucido el pelo, seamos
capaces de aprender algo y de aparcar de una vez ese San Benito de golfos que nos empeñamos en llevar colgado con orgullo. Dejemos de premiar
estas actitudes y empecemos a dar valor a lo que de verdad importa: el respeto,
la libertad, el honor, la solidaridad, la responsabilidad, la justicia, la
igualdad, la decencia, el esfuerzo, la educación, la dignidad, la salud, y todos esos sustantivos que seguro se te
ocurren y nada tienen que ver con la condescendencia, el trapicheo o los
atajos.
Por cierto, tengo móvil nuevo y
no contraté seguro. Así evito la tentación, no vaya a ser más fuerte que yo.
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