domingo, 31 de marzo de 2019

De pueblo por dentro.





Me gustan los pueblos pequeños. Va en mi ADN y mi DNI dice que nací en uno de ellos.


No es cierto. Nací en el hospital de referencia. Pero mi padre sí nació en el pueblo, ayudado por la tía Juana Calderón. El chacho José, el Sierra, igual te sacaba una muela que te cortaba el pelo. Mi abuelo, guardia de asalto y cartero de La Ñora, vivía según el clima y las necesidades de sus tierras y cultivos. La vida pasaba acorde a la época de siembra, los riegos, la siega, la recolecta... Se vivía mirando al cielo, cuidando el río, criando animales. Se era respetuoso con la tierra porque te lo daba todo. Trigo para el pan o  alimento para las bestias. Los molinos los movía el río, los productos se conservaban manufacturados en casa, surgían pequeñas empresas familiares que daban trabajo a aquellos que no disponían de tierra, se intercambiaban productos, se cosía y arreglaba toda clase de ropa, se hacían remiendos, no existía la cultura de lo desechable con trabajos como el de alañador y paragüero.  Artesanía, pequeños comercios, venta ambulante. Era muy importante cuidar la comunidad, el hoy por ti y mañana por mí. Y en este círculo se movía el respeto y el sentido de los pueblos.

Mis raíces están atadas a mi pueblo. Soy facorroca porque mi padre y mi abuelo son facorroques. Igual podría haber sido más de la “Catalina la del Campo”, pero en mi caso es innegable que soy facorroca. Me gusta que en mi pueblo se siga llamando a la gente por el apodo de la familia y por esos otros que siguen surgiendo con las nuevas generaciones. Me gusta que me sigan preguntando: “Nena, ¿y tú de quién eres?”, cuando paseo por las calles.

Hoy sólo veo en mi pueblo, mucha gente mayor y generaciones que ya no encuentran opciones, como en casi todos los pueblos pequeños. Uno vive donde trabaja y trabaja donde vive, si no puedes hacer una de las dos cosas hay que buscar un remedio y suele pasar por la opción de buscar la puerta de salida.
No hablo de Teruel, ni del interior de Soria. Hablo de esos pequeños pueblos que vivían de su huerta, de su fábrica, de sus cultivos de secano, de su cabra murciana. Hablo de los pequeños comercios creados alrededor de la vida y las necesidades de un pueblo. 




Cada domingo tengo la suerte de pasear con mi padre que me cuenta batallitas, me enseña los lugares de su infancia, me muestra sitios históricos o descubrimos otros que nos maravillan o nos disgustan y yo no puedo sino preguntarme cómo es posible que no seamos capaces de valorar la importancia de nuestras raíces (tierra o personas).




La otra mañana vi campos de trigo y amapolas que crecían entre espigas. Hacía mucho que no veía amapolas en el trigo, o en ningún sitio. (“Antes se veían muchas más” me dice mi padre). Vi flores de almendro y de otros árboles de fruta de hueso. Puro espectáculo. Vi olivos. Vi el secano como hacía tiempo no lo veía. Vi una huerta muerta y otra que sin estar en su esplendor, aún mostraba su potencial. Vi tierras con abundantes rastros de poblaciones y culturas prehistóricas,  germen de lo que hoy somos. Nuestra historia.

Cómo no somos capaces de poner en valor y cuidar nuestro patrimonio, nuestros lugares, la cultura, la artesanía, nuestra  forma de ver y vivir la vida. ¿Cuándo nos encerramos en el egoísmo y olvidamos la identidad comunitaria? Cómo nos podemos olvidar de lo completa que es nuestra comida. Cómo podemos dejar morir los pueblos con promesas vacías, sospechas casi certeras de picaresca y un abandono total.

Infraestructuras mediocres, carreteras lamentables, inversiones inexistentes, sospechas de pozos ilegales, ríos secos, fábricas vacías, huertas desérticas, no hay empresas, sin trabajo, cada vez hay menos servicios y de peor calidad, con opciones de ocio escasas y un pueblo dividido por unos supuestos ideales que no hacen sino enfrentar a vecinos y familias. Así los jóvenes prefieren, cómo no, las facilidades y anonimato de las ciudades, dejando tras de sí territorios envejecidos con esperanza de vida muy corta. Para ver eso no hay que irse lejos,  sólo hay que visitar los pueblos pequeños de nuestra región que se las ingenian para sobrevivir con escaso éxito.

Habría que localizar y dotar a los pueblos de posibilidades económicas, retomar el sector primario (básico para la vida) con actividades agropecuarias diversificadas, que crearían puestos de trabajo y reducirían la dependencia de un mercado agrícola mundial que es un disparate. ¿Por qué no ser ecológicos y sostenibles? ¿Por qué no potenciar además del turismo rural, una vida rural?  Ideas locas.



Volviendo a la parta emocional, me encanta mi pueblo, su historia, sus calles y sus gentes (que son las mías porque me corre por las venas). Adoro las artesanías de esparto (como las que hacía mi abuelo), el encaje de bolillo, los bordados y el ganchillo de mi madre, admirar fósiles de otras eras en el Portillo o ir a coger tallos en los Brazos, para hacerlos encurtidos al estilo tradicional, como se ha hecho siempre. Me encanta el guiso de trigo con hinojos, me apasiona caminar por los increíbles bad lands al otro lado del río  que son lo más parecido a estar en la luna que podrás encontrar en la tierra. Y podría decir mil cosas que me encantan de mi pueblo, que con sus mil defectos, forma parte de mí.

Volvamos la vista a los pueblos, a sus gentes y su patrimonio, no por el turismo (que también), sino porque la cultura de lo rural conserva valores perdidos y siento que en su esencia está el adelanto y empuje que necesitamos.








miércoles, 27 de febrero de 2019

El camino es mejor a tu lado.



La condescendencia, en una de sus acepciones, hace referencia al deseo de complacer o acomodarse a la voluntad de otra persona, pero es en su otro sentido en el que me detengo, en esa amabilidad forzada que nace del sentimiento de superioridad.

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