martes, 8 de marzo de 2016

¿La etiqueta te raspa? No la cortes

Estos días en el trabajo he tenido conversaciones muy interesantes sobre qué cosas podríamos hacer como consumidores para mejorar el mundo.

Creo que la cuestión así planteada es demasiado ambiciosa. Yo asumí que con mis decisiones no puedo cambiar el mundo en general, porque no voy a influir en los caminos que  decidan adoptar las grandes empresas y corporaciones o en la dirección que los gobiernos vayan a tomar. Nadie va a tener mi opinión en cuenta por mucho que yo escriba o comente en este blog aquellas cosas que me parecen tan obvias y en ocasiones dolorosas, porque son otros intereses los que tienen un peso mayor.

Pero dicho esto, también creo que una de nuestras principales características es que solemos subestimar el potencial que tenemos como individuos. Potencial que se multiplica cuando hablamos de nosotros como un colectivo.

Yo, como individuo, puedo decidir sobre las cosas que me rodean y optar por tomar una decisión u otra. Puede que mis opciones no hagan cambiar el mundo, pero una actitud basada en criterios más éticos y solidarios, nos permite desmarcarnos, al menos un poco, del deterioro de la sociedad que nos empeñamos en destrozar. Puede que sólo sea una decisión, la mía, y que su peso sea relativo, pero yo puedo decidir si quiero o no contribuir a este destrozo y en qué medida.

Pertenecer a un grupo sí permite que nuestro empuje individual se traduzca en algo más grande, una fuerza mayor que debe tenerse en cuenta. Puede que te estés diciendo que tú no perteneces a ningún grupo para poder hacer algo relevante. Como digo, nos subestimamos. Si algo nos caracteriza es que todos somos consumidores.

Si os digo la verdad, no resulta sencillo decidir consumir de una manera responsable, porque en nuestro actual sistema en el que todo se consigue rápido y fácil es complicado introducir criterios éticos y morales. Cuando menos si vemos que los productos que podría elegir son más caros y son más difíciles de encontrar. Y estamos en crisis y no es sólo económica. Es curioso pero la moral sale cara y hay que rebuscar para encontrarla, porque el negocio de lo rápidamente desechable sigue manteniendo la gallina de los huevos de oro del consumo y la producción sin control.

¿Eso quiere decir que no podemos hacer nada? En absoluto. Somos consumidores y debemos ser consecuentes con nuestras decisiones de compra. Puede que yo no pueda cambiar el mundo pero sí puedo pensar antes de comprar si realmente necesito ese producto. Haz una lista de lo que necesitas y procura no salirte de ese guion. Es un primer gran paso. ¿Podríamos dar alguno más sin que supusiera un gran trastorno en nuestras vidas?  Sí, las tres “R”Reduce tu consumo, Reutiliza productos, Recicla todo lo que puedas, que hoy es muy fácil reciclar. Si puedes, ve a ese sitio al que quieres ir caminando. Y mi último consejo y puede que el más difícil es: Lee las etiquetas de los productos. Ahí vas a encontrar mucha información y huye de los productos que no te la dan, porque no te dan criterios para decidir. Sospecha de los productos cuyas etiquetas no te hablan de su origen. En base a la información que estés recibiendo, fórmate tu propia idea. Ten la libertad, después de filtrar los datos, de tomar una decisión.
Estas son unas pocas ideas.


Ponte la venda en los ojos o trata de introducir algún criterio más que el económico a la hora de comprar. Esa ya es tu decisión. Este mundo del consumidor responsable es muy complejo e ingrato, pero nosotros podemos elegir.


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