Estos días en el trabajo he tenido conversaciones muy interesantes sobre
qué cosas podríamos hacer como consumidores para mejorar el mundo.
Creo que la cuestión así planteada es demasiado ambiciosa. Yo asumí que con
mis decisiones no puedo cambiar el mundo en general, porque no voy a influir en
los caminos que decidan adoptar las grandes empresas y corporaciones o en
la dirección que los gobiernos vayan a tomar. Nadie va a tener mi opinión en
cuenta por mucho que yo escriba o comente en este blog aquellas cosas que me
parecen tan obvias y en ocasiones dolorosas, porque son otros intereses los que
tienen un peso mayor.
Pero dicho esto, también creo que una de nuestras principales
características es que solemos subestimar el potencial que tenemos como
individuos. Potencial que se multiplica cuando hablamos de nosotros como un
colectivo.
Yo, como individuo, puedo decidir sobre las cosas que me rodean y optar por
tomar una decisión u otra. Puede que mis opciones no hagan cambiar el mundo,
pero una actitud basada en criterios más éticos y solidarios, nos permite
desmarcarnos, al menos un poco, del deterioro de la sociedad que nos empeñamos
en destrozar. Puede que sólo sea una decisión, la mía, y que su peso sea
relativo, pero yo puedo decidir si quiero o no contribuir a este destrozo y en
qué medida.
Pertenecer a un grupo sí permite que nuestro empuje individual se traduzca
en algo más grande, una fuerza mayor que debe tenerse en cuenta. Puede que te
estés diciendo que tú no perteneces a ningún grupo para poder hacer algo
relevante. Como digo, nos subestimamos. Si algo nos caracteriza es que todos
somos consumidores.
Si os digo la verdad, no resulta sencillo decidir consumir de una manera
responsable, porque en nuestro actual sistema en el que todo se consigue rápido
y fácil es complicado introducir criterios éticos y morales. Cuando menos si
vemos que los productos que podría elegir son más caros y son más difíciles de
encontrar. Y estamos en crisis y no es sólo económica. Es curioso pero la moral
sale cara y hay que rebuscar para encontrarla, porque el negocio de lo rápidamente
desechable sigue manteniendo la gallina de los huevos de oro del consumo y la
producción sin control.
¿Eso quiere decir que no podemos hacer nada? En absoluto. Somos
consumidores y debemos ser consecuentes con nuestras decisiones de compra.
Puede que yo no pueda cambiar el mundo pero sí puedo pensar antes de
comprar si realmente necesito ese producto. Haz una lista de lo que
necesitas y procura no salirte de ese guion. Es un primer gran paso. ¿Podríamos
dar alguno más sin que supusiera un gran trastorno en nuestras vidas?
Sí, las tres “R”: Reduce tu consumo, Reutiliza
productos, Recicla todo lo que puedas, que hoy es muy fácil
reciclar. Si puedes, ve a ese sitio al que quieres ir caminando. Y
mi último consejo y puede que el más difícil es: Lee las etiquetas de los
productos. Ahí vas a encontrar mucha información y huye de los productos
que no te la dan, porque no te dan criterios para decidir. Sospecha de los
productos cuyas etiquetas no te hablan de su origen. En base a la información
que estés recibiendo, fórmate tu propia idea. Ten la libertad, después de
filtrar los datos, de tomar una decisión.
Estas son unas pocas ideas.
Ponte la venda en los ojos o trata de introducir algún criterio más que el
económico a la hora de comprar. Esa ya es tu decisión. Este mundo del
consumidor responsable es muy complejo e ingrato, pero nosotros podemos elegir.
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