miércoles, 13 de enero de 2016

Una niña en el Congreso

Hoy hemos asistido a un proceso singular en el que se han dado la mano las viejas normativas que rigen las Cámaras de este país y un montón de caras jóvenes, de caras nuevas que han dejado imágenes cuanto menos curiosas. Pero la cara más joven de todas ha sido la de una niña, centro de atención pixelado de propios y extraños.


El recinto era un hervidero de comentarios, algunos positivos y otros negativos. Ninguno indiferente. Y este debate se traslada a pie de calle y todos hemos comentado hoy por qué una diputada se ha llevado a su hija a su centro de trabajo.

Quizá lo de menos hayan sido las explicaciones que la diputada haya dado al respecto. Porque todos habíamos creado una idea preconcebida. Los demonizadores de algunos partidos políticos han encontrado un argumento más, enfrentados a los que han visto en el gesto un símbolo, una reivindicación necesaria. 

Lo que sí es cierto es que  nadie ha parado a esa diputada en la puerta del Congreso y le ha dicho que no podía entrar con su hija. Y no es menos cierto que a mí no me dejarían llevar a mi hijo al trabajo, pero tampoco tengo opción de guardería, los horarios no son flexibles y no hay opciones para conciliar nada. ¿Yo lo haría si pudiera? Probablemente no, pero definitivamente la conciliación debería plantearse de una manera seria de una vez.

Un gesto contraproducente, lo han llamado desde algunos sectores, porque más que la conciliación buscamos que no se identifique a la mujer con el cuidado de los hijos.

Cierto. En una familia clásica están papá y mamá y ambos deben ser responsables de todas las obligaciones que genera la crianza de los hijos. Pero no olvidemos, que el modelo de familia clásica ya no es el único modelo, y que aún hoy y mientras la ciencia no lo impida, es la mujer la que queda embarazada, la que da a luz y la que amamanta. Y todo esto debería ser un derecho, no sólo protegido, sino propiciado. Sin embargo penaliza y lastra las opciones de la mujer en su desarrollo en distintas facetas, entre ellas la profesional. Mujer, que además de cargar con las tradicionales obligaciones sociales que arrastra, debe competir en un marco laboral que le exige un rendimiento igual  (si no superior) para ser una opción cuando,  en igualdad de condiciones, se prefiere a un hombre que no genera gastos por bajas, ni tiene compromisos familiares, ni va a pedir reducciones de jornada.

¿Y por qué no? Porque es difícil que un hombre renuncie a este privilegio, a esta suerte adquirida, porque ya no hay quien comprenda la doble moral que entiende que un hombre casado es una persona más estable y, por tanto más apta, y una mujer casada sea una futura fuente de pérdidas que hay que esquivar como un mal virus.

Espero que cada día haya más hombres concienciados de que la igualdad es una lucha de todos, porque si no, seguiremos siendo Quijotes enfrentadas a molinos de viento.

Las opiniones han sido infinitas, pero yo me quedo con la idea de que el debate se ha generado y lo ha hecho a tantas bandas como personas opinen al respecto. Se ha generado en el Congreso sin estar en orden del día. Ahí donde nacen las leyes, ahí donde debe nacer el debate y se legisla para salvaguardar nuestros derechos y libertades como ciudadanos que quieren vivir y desarrollarse en igualdad de condiciones y con igualdad de oportunidades.


Yo me quedo con el primer debate de esta legislatura generado en el Congreso. 

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